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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 83

Para la junta médica del día siguiente, Nerea pidió específicamente que Leonardo llevara a Kevin. Quería que él participara en su propio tratamiento, enviarle señales positivas y ayudarle a reconstruir su confianza.

Doña Salomé, la abuela de Leonardo, también estaba presente.

Era una señora con una presencia imponente. A pesar del cabello blanco y las arrugas, vestía con una elegancia impecable; su traje sastre destilaba clase.

Nerea era la médico titular y la autora del plan, así que dirigía la sesión.

Por consideración al paciente y a su familia, cada vez que usaba un término técnico o describía un procedimiento, lo explicaba con palabras sencillas.

Quería que entendieran perfectamente qué estaba pasando para que se sintieran tranquilos.

Al terminar la presentación, se abrió el piso para discutir la viabilidad del plan.

El equipo médico de Kevin constaba de ocho especialistas reconocidos de todo el país.

La gente con talento suele tener ego. En sus respectivos hospitales, ellos eran los que mandaban. Ahora les pedían ser subordinados.

Si quien los liderara fuera una eminencia, lo aceptarían. Pero se trataba de una jovencita que parecía recién salida de la facultad, sin experiencia aparente.

Las dudas no tardaron en estallar.

—La Doctora Galarza es muy joven. ¿Ya terminó su residencia? ¿Y se atreve a ser la titular?

—¡Exacto! Estamos hablando de vidas humanas, no es un juego.

—No sé cómo convenció al señor Rojas, pero si ella dirige, yo me retiro del equipo.

—Dejar a cargo a una niña que no sabe nada de la vida es una irresponsabilidad. Yo también me voy.

La sala de juntas se convirtió en un mercado, todos amenazando con renunciar.

Leonardo jugaba con un rosario en su mano, sentado inmóvil, sin intención de intervenir.

Doña Salomé sopló suavemente su taza de té y dio un sorbo. Con el ruido aumentando, le preguntó a su nieto:

—¿No vas a ayudarla?

—No hace falta. —Aunque la conocía poco, Leonardo estaba seguro de que Nerea podía manejarlo.

Kevin, desplomado en su silla de ruedas y con una manta sobre las piernas, miraba a Nerea con resentimiento.

Si no fuera por ella, no lo habrían sacado a la fuerza de su habitación para ser exhibido como un animal de zoológico ante todos esos extraños que lo miraban con lástima.

—Dicen que esa técnica es audaz, impredecible y casi imposible de copiar. Que no sigue las reglas y ha sacado adelante pacientes que todos daban por muertos.

—Me pregunto si la Doctora nos permitiría observar y aprender cuando aplique el tratamiento.

—Por favor, Doctora Galarza, ¡déjenos ver la Técnica del Fénix en acción!

Kevin, aún en su silla, se quedó pasmado. Miraba fijamente a esos médicos que un minuto antes querían lincharla y ahora le movían la cola como perros falderos.

Después de un momento, en el fondo oscuro y frío de su corazón, pareció encenderse una luz tenue. Una pequeña esperanza brotó en su interior.

Quizás... ¿quizás Nerea sí podía lograrlo?

¿Valía la pena creer una vez más?

Kevin giró la cabeza y miró a Doña Salomé.

Por su culpa, el cabello de su abuela se había vuelto blanco de la noche a la mañana.

Y su hermano, que había dejado de fumar, había recaído por la ansiedad que él le causaba.

Kevin volvió la vista hacia Nerea, que discutía la viabilidad del plan con los expertos. Sus ojos negros y brillantes parecían estrellas.

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