Renata no respondió; solo intentó empujarlo desde debajo de la sábana.
Enrique soltó una carcajada, apartó la tela y dejó al descubierto su rostro rojo por la falta de aire.
Renata forcejeó, avergonzada y molesta, pero al no poder liberarse, giró la cara hacia un lado.
Él suspiró suavemente, escondió el rostro en el hombro de ella y olfateó. "Hueles a gato".
Renata se mordió el labio. "¡Entonces vete! ¡Eres un mentiroso! ¿Acaso todo lo tuyo conmigo también es un engaño?"
La mirada de Enrique se oscureció. De un rápido movimiento, se giró y la dejó inmovilizada contra él.
"No digas tonterías. A ti es a la única a la que le tengo tanta paciencia. ¿Crees que aguantaría esto de otra persona?"
Renata sintió un calor en el pecho y no dijo nada. Como no podía moverse, se quedó recostada sobre él.
Enrique sentía que su mal genio se había evaporado. Se dio cuenta de que su paciencia con ella crecía cada vez más.
¡Seguramente era porque aún no la había hecho suya por completo!
Y como no lo lograba, la deseaba más.
Le acarició el cabello, su voz adquiriendo un tono arrullador del que ni él mismo fue consciente: "Lo de los gatos fue mi error, lo admito. Que no se repita, ¿de acuerdo? Es solo que aún no me acostumbro..."
Renata no tenía corazón de piedra. Al escuchar una disculpa tan sincera, terminó cediendo.
Al ver que ya no forcejeaba, Enrique sonrió, le dio un beso en la mejilla, la cargó y la llevó al segundo piso.
Con el rostro encendido, Renata pataleó levemente protestando: "¡Los gatos!"
Enrique le murmuró: "Mañana. Al fin estamos juntos, ¿los vas a traer de chaperones?"
Renata no supo qué responder y, muerta de vergüenza, le dio un suave mordisco en el hombro.
Enrique se sintió eufórico. Estaba impaciente como un adolescente a punto de perder la cabeza.
Sin embargo, no pudo salirse con la suya.
A Renata le había llegado su periodo.

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