Hospital General, segundo sótano, la morgue.
Cuando Enrique Yáñez llegó tropezando, como en trance, escuchó el llanto desgarrador de Isabel Yepes. Al instante, las piernas le fallaron y estuvo a punto de desplomarse contra el suelo.
Fijó la vista en la fría puerta de metal que tenía enfrente, con los ojos inyectados en sangre. Le tomó un largo momento reunir las fuerzas para avanzar a duras penas y, con las manos temblorosas, empujar la puerta.
El sonido del llanto se hizo aún más fuerte.
Vio a Isabel completamente derrumbada sobre la camilla de metal, llorando hasta quedarse sin aliento...
Vio al personal de la morgue a un lado, con la cabeza gacha en señal de solemne respeto...
Y vio...
¡No!
¡Esto tenía que ser una mentira!
¡Una mentira!
Con la mirada enrojecida, Enrique clavó los ojos en el bulto cubierto por una sábana mortuoria sobre la camilla. Negó con la cabeza, rehusándose a creerlo. Caminó a trompicones y cayó casi de rodillas junto a la cama, estirando la mano para levantar la sábana...
—¡No puede hacer eso!
El empleado se adelantó de inmediato y le sujetó la mano para detenerlo. —Señor, la difunta quedó irreconocible por el incendio, ¡va a ser un impacto demasiado fuerte para usted!
El corazón de Enrique se encogió, como si una mano invisible lo estuviera estrujando con una fuerza brutal. El dolor era agonizante.
Apretando los dientes, tomó una profunda bocanada de aire. Como un loco, se soltó del agarre del empleado, arrancó la sábana de golpe y miró a la persona que yacía debajo...
Al instante, el aliento se le cortó y su rostro perdió todo el color, quedando pálido como el papel.
Frente a sus ojos, el cadáver estaba completamente desfigurado por el fuego, con la piel agrietada y carbonizada... Era una escena macabra.
Sin embargo, por la complexión y el contorno de lo que quedaba del rostro, aún se podía distinguir que se trataba de Renata.
Su mirada profunda tembló con terror. Se quedó petrificado, incapaz de mover un solo músculo.
En ese instante, todos sus sentidos se amplificaron hasta el infinito.
Su corazón latía con tanta fuerza que parecía que iba a romperle las costillas, y los ojos le ardían insoportablemente...
Pasó un buen rato antes de que reaccionara. Sacudió la cabeza, completamente destrozado, sin saber si intentaba consolarse a sí mismo o simplemente escapar de la realidad.
—No... no es posible, esto no puede ser posible...
—¡Enrique Yáñez! ¡Eres un animal! ¡Devuélveme a Renata!
Isabel, que había estado a punto de desmayarse de tanto llorar, se levantó de pronto, se abalanzó sobre Enrique en un ataque de histeria y empezó a golpearlo.

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