—¿Por qué me preguntas esto?
—¿Tú conoces este amuleto?
El rostro de Enrique palideció al extremo. Se quedó de piedra, inmóvil en el lugar, mientras por dentro se desataba un huracán...
Él no solo conocía el amuleto.
En aquel entonces, fue al ver a Ximena Zapata con un amuleto con el mismo bordado que creyó en sus mentiras, confundiendo a Ximena con la niña que lo había salvado... y a partir de ahí, cometió un error tras otro.
Enrique cerró los ojos, invadido por la culpa, y al abrirlos miró el amuleto en la lápida. Sintió cómo le ardían los ojos y, como poseído por la locura, se dio la vuelta y empezó a bajar la montaña a toda prisa.
Una idea ardía en su mente como una llama viva, quemándolo por dentro.
No se atrevía a asimilarlo.
—¡Oye!
Isabel le gritó con recelo. Al ver que ni siquiera volteaba atrás, frunció el ceño y prefirió ignorarlo. Volvió la mirada hacia la lápida y, solo entonces, sus ojos reflejaron una cálida ternura.
Se acercó, quitó la fotografía en blanco y negro de la tumba y le prendió fuego.
Ayer, cuando estaba al borde del colapso en la sala del hospital por la desaparición de Renata, el Sr. Zaldívar le había hecho una llamada...
Le dijo que Renata estaba a salvo y que más adelante se la llevaría de la capital para vivir en Santa Clara. Sin embargo, para que todo saliera bien, necesitaba que ella cooperara montando un teatrito.
Al escuchar el plan, ¡ella aceptó de inmediato!
Y así fue como se orquestó todo esto.
Por lo visto, la actuación había sido impecable. Al menos Enrique se lo había tragado entero. En los días venideros, ya tendría tiempo de sobra para ahogarse en su arrepentimiento, ¡y así pagaría por todo el sufrimiento que le había causado a Renata estos años!
Isabel dejó escapar una leve sonrisa.
...
Mientras tanto.
En el Centro de Análisis Genético.
Enrique, con el informe de ADN en la mano, salió por la puerta principal como un autómata. No vio los escalones y tropezó, cayendo de bruces contra el suelo. Se despellejó las rodillas y los codos; la escena era francamente espantosa.
Las hojas del informe salieron volando y quedaron esparcidas por todo el suelo...
Sintiendo un ardor en los ojos y sin importarle el dolor físico, se levantó de prisa y empezó a recoger los papeles, viéndose miserable.
Pero mientras los juntaba, al volver a leer la cruda realidad impresa en los papeles, sus dedos se paralizaron y, sin poder contenerse más, rompió a llorar a mares...
Estrujó los documentos, lleno de remordimiento.
Ahí estaba, escrito de manera innegable:
[Tras el análisis, se confirma que la coincidencia entre el ADN de Renata Yepes y el ADN de la muestra es del 99%.]
¡Renata era la niña que lo había salvado en el pasado!
—Renata... Renata...
Completamente deshecho, Enrique miraba fijamente esa línea de texto mientras las lágrimas caían a borbotones. ¡Todo era culpa, remordimiento y una tristeza aplastante!

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