Pero del otro lado nadie respondía, hasta que la llamada se cortó automáticamente.
Renata Yepes miró la pantalla, con el corazón helado, pero sin resignarse volvió a marcar.
El resultado fue el mismo.
Renata apretó sus pálidos labios, aferrando el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
¡Debió haberse dado cuenta antes, a Enrique Yáñez no le importaba en lo absoluto!
Cuando él aún la cortejaba, ella enviaba un mensaje y él respondía al instante.
Ahora que la tenía, ella lo llamaba y él la ignoraba por completo.
Estaba segura de que, en unos días, cuando él por fin obtuviera su cuerpo y satisficiera sus instintos básicos de hombre, la trataría con aún más frialdad.
¡Exactamente igual que en el pasado!
Renata sentía un nudo en la garganta y una desilusión insoportable. Le temblaba la mano de la rabia mientras sostenía el celular, pero en ese momento no tenía tiempo para llorar. ¡Esta cuenta pendiente no se iba a quedar así!
Guardó el teléfono, paró un taxi en la calle y regresó a la villa de Bahía Serena.
...
Bahía Serena.
Inés estaba en la sala dándoles leche para gatitos a las mascotas de la casa. Los pequeños felinos bebían felices, ronroneando y amasando sus patitas con comodidad.
A Inés se le enterneció el corazón.
De pronto, escuchó que la puerta se abría. Se quedó perpleja por un segundo y, al voltear y ver que era Renata, no pudo evitar su confusión: —Señorita Yepes, ¿no había dicho que no regresaría al mediodía y que iría a la empresa a buscar al señor Enrique?
En efecto, cuando Renata se fue por la mañana, lo había pensado bien. No quería que él se sintiera decepcionado, así que le pidió a Inés que no la esperara para almorzar. Su plan era ir a buscar a Enrique a la empresa después de hablar con la señorita Cisneros, almorzar juntos y luego ir a un buen restaurante por la noche para celebrar.
Había sido considerada con él en cada maldito detalle.
Ahora, al pensarlo, se sentía como una completa estúpida.
¡Menos mal que no fue a la empresa! De lo contrario, no solo habría hecho el ridículo, ¡sino que habría tenido que soportar su mala cara!
Renata se mordió el interior del labio, negándose a dejarse consumir por el coraje. Empezó a subir las escaleras y dijo con voz ronca: —Inés, cuando llegue Enrique Yáñez, dile que me busque en la habitación.


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