—Muy bien. En ese caso, ¡no me queda más remedio que echarle toda la culpa a ella y ajustarle las cuentas! —sentenció Enrique.
Diciendo esto, se puso de pie, haciendo ademán de marcharse.
Al ver esto, el pánico finalmente se apoderó de Adrián. Se zafó de su hermano de un tirón, corrió a interponerse en el camino de Enrique y suplicó:
—¡Señor Yáñez, no vaya a buscarla! ¡Fui yo quien hizo todo! ¡Ella no tiene nada que ver! ¡Por favor, déjela en paz!
'Qué romántico empedernido', pensó Enrique, y su expresión se volvió aún más fría.
—¿Ah, sí? Entonces cuéntame, ¿exactamente qué fue lo que hiciste?
Adrián tragó saliva, pero bajo la mirada letal de aquel hombre, terminó escupiendo la verdad.
—Le pasé su itinerario personal en incontables ocasiones...
Enrique le hizo un gesto con los ojos para que continuara.
Sin saber cuánto sabía realmente su jefe, Adrián decidió soltarlo todo de una vez.
—También robé las joyas que usted le compró a Renata y se las di a Ximena, entregándole a Renata puras falsificaciones...
La respiración de Enrique se volvió pesada.
Con razón. Ahora entendía por qué Renata había dejado de aceptar sus regalos en el último tiempo. Todo había sido un sabotaje.
Apretó los puños con fuerza.
—Sigue.
—Durante el concurso de diseño de hace unas semanas, fui yo quien hackeó las cámaras de seguridad y encendió el inhibidor de señal para dejar a Renata encerrada en la sala de espera.
—Y el secuestro de esta tarde... también fue idea mía.
—...
Adrián agachó aún más la cabeza. Confesó todo de principio a fin, exceptuando un solo detalle: que Ximena era una impostora.
Sabía perfectamente que ese secreto debía llevárselo a la tumba.
Había deducido que Enrique aún no lo sabía, o de lo contrario, Ximena no estaría a salvo en una habitación de hospital.
Él se había enterado por accidente, al escuchar a escondidas una llamada telefónica entre Ximena y su madre.
Para ese entonces, él ya estaba perdidamente enamorado de ella.
Así que, cuando Ximena le lloró asegurándole que solo lo había hecho porque tuvo una infancia miserable y no le quedaba otra salida, su corazón se ablandó hasta el punto de querer ser su cómplice.
Por eso, durante años, cada vez que se enteraba por medio de su hermano que Enrique estaba retomando la investigación del pasado o solicitando nuevas pruebas de ADN, él movía los hilos en las sombras para eliminar cualquier obstáculo en el camino de Ximena.
Y todo porque ella le había prometido una cosa: que lo amaba, y que tarde o temprano, se fugaría con él.
Esa sola promesa lo había mantenido vivo durante sus días más oscuros.
Cuando Adrián terminó de hablar, la temperatura en la oficina parecía haber caído por debajo de cero.
Con un rostro imponente, Enrique lo observaba, entrecerrando los ojos.
Pablo sentía que iba a morir de la frustración por la estupidez de su hermano, pero en el fondo, no quería verlo pudrirse en la cárcel.

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