C100: SECRETOS ENTERRADOS
Aurora sirvió café en la taza favorita de Angelo. El aroma llenó la cocina mientras él revisaba documentos en la mesa del desayuno, se acercó por detrás y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias —dijo él, tomando la taza sin apartar la vista de los papeles.
Aurora lo observó por un momento, y la imagen del hombre del mirador volvió a su mente. Su esposo, él era el hombre que amaba, un Russo. ¿No debería saberlo acaso? La respuesta llegó al instante.
«No. No puede saber» pensó, mientras ajustaba su corbata con dedos que intentaban no temblar.
—Estás distraída —comentó él, tomando su mano—. ¿Todo bien?
—Sí, solo pensando en el proyecto Fénix —mintió, forzando una sonrisa.
Habían pasado tres días desde el encuentro con el hombre en el mirador. Tres días en que no había podido sacarse de la cabeza sus palabras. Tres días mirando el papel doblado con su número de teléfono, sin atreverse a llamar.
Entonces Angelo comenzó a hablar sobre los avances del orfanato, entusiasmado con cómo el proyecto tomaba forma y Aurora lo miraba a los ojos, intentando concentrarse, pero una ola de frío la recorrió de repente.
«Asesinados»
—¿Aurora? —la voz de Angelo la trajo de vuelta—. ¿Segura que estás bien, mi amor?
—Perdona, estoy algo cansada —respondió, apretando su mano—. Cuéntame más sobre los materiales que sugeriste.
Y así la mañana transcurrió como cualquier otra. Poco después Angelo salió para la oficina, Aurora trabajó en los planos del orfanato, pero su mente estaba en otra parte, dividida entre el presente que amaba y un pasado que quizás nunca conoció realmente.
La abuela Adelina había sido como una madre para ella después de perder a sus padres. Los Russo la habían acogido, apoyado.
¿Cómo podía siquiera considerar que le estuvieran ocultando información de la muerte de su padre?
Pero la sensación no se iba y en cambio aumentaba más y más.
Por la noche, abrazó a Angelo con fuerza mientras veían una película. Buscó refugio en su olor familiar, en la seguridad de sus brazos y él la envolvió protectoramente, besando su cabello.
—Te amo —susurró.
—Y yo a ti —respondió ella, cerrando los ojos, deseando que eso fuera suficiente para ahuyentar las dudas.
Pero no lo era.
Por eso a las tres de la madrugada, se despertó sobresaltada. Angelo dormía tranquilamente a su lado y la nota del hombre parecía arder en la mesita de noche donde la había guardado. Con cuidado de no despertar a su esposo, tomó su teléfono y el papel.
Salió al pasillo y, tras un momento de duda, marcó el número.
"Necesito verlo. El muelle, hoy a las 5"
Escribió, enviando el mensaje antes de poder arrepentirse.


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