C115-ES UN JURAMENTO, RUSSO
La oscuridad en la habitación era cálida y protectora, solo se escuchaba el monitor que marcaba el ritmo cardíaco de Angela, constante y tranquilizador. No obstante, el mundo se había reducido a ese sofá estrecho, a la respiración sosegada de su hija y al latido del corazón de Angelo bajo la oreja de Aurora.
Y las palabras, las verdaderas, las que llevaba semanas atragantándose, subieron a su garganta con una urgencia dulce.
—Angelo —murmuró.
Él hizo un sonido bajo, una vibración en su pecho que la invitaba a continuar.
—No quiero… no puedo vivir más con un pie en el pasado —dijo. Respiró hondo, sintiendo la solidez de él como un ancla—. Lo que hizo Adelina… lo de mis padres… Eso fue de ellos. Su batalla. Su veneno. —Apretó los puños contra su camisa—. Tú… tú eres mi presente. Mi futuro. Y este amor… vale más que cualquier herencia, que cualquier rencor. Porque eres el hombre más bueno que conozco, y no tienes ni una pizca de culpa. Yo… yo lo sé.
Su voz se quebró un poco al pronunciar ese «yo lo sé», porque era la admisión de su propia ceguera, de su propio error.
—Y necesito que me perdones —continuó, cada palabra saliendo ahora en un torrente bajo y apasionado—. Por haberme vuelto tan fría. Por haberte castigado día tras día por un pecado que no cometiste. Fui dura… y cruel. Porque el dolor… el dolor que me dejó Adelina… —cerró los ojos, sintiendo el fantasma de aquel dolor—. Ella era como una madre para mí, Angelo. La abuela que nunca tuve, y su traición… no fue solo la pérdida de mis padres. Fue que me arrancara la fe. La fe en la familia, en el cariño que creía sincero. Me dolió en el alma y, en mi estupidez, dejé que ese dolor me envenenara y te salpicara a ti.
Mientras hablaba, sintió cómo el cuerpo de Angelo se tensaba, no con ira, sino con una emoción contenida, poderosa.
Y luego, un temblor.
Un temblor sordo recorrió su torso y después un calor húmedo cayó sobre el cabello de Aurora.
Él estaba llorando.
En silencio, sin aspavientos, pero las lágrimas escapaban, limpias y liberadoras, mojando su sien. Eran lágrimas de un alivio tan profundo que llegaba a los huesos, porque finalmente, ella lo veía a él, a Angelo, no al nieto de Adelina, no al representante de un pasado traicionero.
Finalmente estaba volviendo a él.
Sus brazos, que la rodeaban, se apretaron con una fuerza que casi la dejó sin aire, pero era una fuerza que decía «te tengo, estoy aquí, no te suelto». Hundió la cara en su pelo y dejó escapar un jadeo entrecortado. Luego, en un movimiento lento, como si temiera asustarla, inclinó la cabeza y buscó sus labios en la oscuridad.
El beso no fue apasionado ni urgente.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO!