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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 127

C127-ACABA DE DESPERTAR.

En el borde del acantilado, con el rostro impasible, Logan se agachó junto al cuerpo inmóvil de Jimena. La sangre aún brotaba tibia del agujero en su pecho, empapando la tierra fría. No había remordimiento en sus ojos, ni un solo titubeo.

Solo la misma calma helada con la que alguien recoge un vaso roto del suelo.

La agarró por los hombros y con un empujón seco y fuerte la hizo rodar hacia el vacío. El cuerpo se deslizó unos metros por la grava suelta, luego desapareció en la oscuridad. Se oyó un golpe sordo contra las rocas, después nada más que el rugido constante del mar devorando lo que caía.

Logan se enderezó, se limpió las manos en los pantalones como si hubiera tocado algo sucio y miró hacia el bosque negro donde el niño había huido.

—Maldito mocoso —bufó entre dientes.

Ahora tenía un testigo.

Un testigo pequeño, aterrorizado, pero que había oído demasiado, que había visto su cara, que sabía su nombre. Así que ajustó el arma, sacó el teléfono y encendió la linterna. El haz blanco cortó la noche y comenzó a caminar hacia el bosque, como quien sabe que la presa no tiene escapatoria.

En el bosque, William corría a ciegas.

Las piernas le ardían, el pecho le explotaba, pero no paraba, las raíces lo hacían tropezar y caer de rodillas, pero se levantaba de inmediato, jadeando, sollozando.

Mamá. Mamá le había dicho que corriera.

Mamá le había gritado que no se detuviera.

Y luego... los disparos.

No quería pensar en eso.

Si pensaba, se pararía.

Y si se paraba, ese hombre lo encontraría.

Se metió entre unos arbustos espinosos, donde las espinas le rasgaron los brazos y las piernas, pero se arrastró más adentro hasta que el follaje lo cubrió por completo y se acurrucó, abrazándose las rodillas, temblando tanto que los dientes le castañeteaban. El viento traía el olor salado del mar y el eco de pasos acercándose.

La linterna de Logan barrió los árboles.

Y William contuvo la respiración hasta que le dolió el pecho, vio la silueta alta recortada y un jadeo de miedo se le escapó, Logan se detuvo y giró la cabeza despacio, escuchando.

—Sé que estás aquí, pequeño —dijo con voz tranquila, casi amable—. No puedes esconderte para siempre.

William apretó los puños contra la boca para no gritar.

Lágrimas le rodaban por las mejillas sucias, quería que su mamá volviera, quería que ese hombre pagara.

Logan dio otro paso y la luz volvió a barrer cerca, demasiado cerca. De pronto, el teléfono en su mano vibró, lo miró, frunció el ceño y contestó sin detenerse.

—¿Sí? —dijo seco.

La voz al otro lado era baja, nerviosa.

—Jefe, la policía está preguntando por el auto en el camino de acceso. Dicen que alguien reportó gritos y tenemos que movernos ya.

Logan soltó una maldición.

—Termino aquí y voy. Manténlos ocupados.

Colgó, guardó el teléfono y la linterna volvió a enfocarse cerca de donde William se escondía.

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