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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 62

C62- ME AMAS.

Angelo no la llevó lejos, solo hasta un pasillo más estrecho, con una ventana al fondo y el ruido del hospital amortiguado, como si el mundo hubiera decidido darles un poco de privacidad para destrozarse mutuamente. La empujó suavemente contra la pared, acorralándola sin tocarla, su cuerpo a centímetros del suyo y la respiración agitada mezclándose en el aire cargado de electricidad producto de su cercanía.

—Ocho años —pronunció—. Ocho malditos años sin saber que tenía una hija.

El rostro de Angelo, tallado en granito y furia contenida, se transformó en una máscara de dolor tan crudo que Aurora tuvo que apartar la mirada, porque sus ojos azules ardían con una intensidad que parecía querer consumirla.

—Mírame cuando te hablo —exigió—. Me debes al menos eso.

Ella levantó la mirada, desafiante a pesar del temblor que recorría su cuerpo.

—¿Yo? —respondió con una risa quebrada—. ¿Y tú? ¿Tú no tienes culpa, responsabilidad en todo esto? Me despediste de tu vida como si fuera un contrato más que podías rescindir, me borraste mientras llevaba a tu hija dentro de mí. —Su voz se elevó, cargada de un dolor que había guardado por demasiado tiempo—. ¿Sabes lo que es dar a luz sola? ¿Sostener su pequeña mano en las noches de fiebre preguntándome si estaba haciendo lo correcto? ¿Inventar excusas cada vez que preguntaba por qué todos los demás niños tenían un papá y ella no?

Angelo golpeó la pared junto a la cabeza de Aurora con tal fuerza que el yeso se agrietó, pero ella no se inmutó, como si esperara ese estallido.

—¿Y crees que eso te da derecho? —rugió él, inclinándose hasta que sus narices casi se tocaban—. ¿Crees que tu miedo justifica haberme robado ocho años de su vida? ¿De nuestra vida?

—Te escuché esa noche, Angelo —confesó ella, con las lágrimas desbordándose sin control—. "Quiero el divorcio" esas fueron las palabras exactas mientras hablabas con la abuela. ¿Qué querías que hiciera? ¿Arrastrarte a una vida que no querías con una hija que no habías pedido?

El rostro de Angelo palideció, como si le hubieran extraído toda la sangre de golpe y dio un paso atrás, tambaleándose.

—Dios mío, Aurora —murmuró, pasándose las manos por el rostro con desesperación—. Estaba enojado y equivocado... porque pensé que tú... ¡Demonios! Era mi miedo hablando, no mi deseo... yo no quería dejarte... no realmente. Y si lo hubiera sabido... habría ido... yo... habría ido por ti.

Ella lo miró con el dolor punzando y de repente la rabia tomó el control.

—¡No! —gritó, empujándolo con ambas manos contra el pecho, sin lograr moverlo—. ¡Ocho años, Angelo! Ocho años viendo crecer a nuestra hija, preguntándome cada día si había cometido el peor error de mi vida. No digas eso ahora... como si... como si el no haber ido fuera mi responsabilidad. Tú elegiste, así que asume las consecuencias.

Angelo sintió que cada palabra lo atravesaba como una daga. Se quedó inmóvil, con la verdad golpeándolo con una fuerza que lo dejó sin aliento. Sus ojos, siempre seguros y dominantes, revelaron por primera vez una vulnerabilidad descarnada.

—Tienes razón —admitió—. Fui un cobarde. Un maldito cobarde que se escondió detrás de su orgullo y sus miedos.

Dio un paso atrás, sus manos temblando ligeramente, él, que nunca temblaba ante nada ni nadie, ahora estaba reducido a la impotencia más absoluta frente a la única batalla que realmente importaba.

—Dejé que te fueras —continuó—. Pude haberte buscado. Debí haberte buscado. Pero estaba tan... tan jodidamente asustado de aceptar lo que sentía. Te amaba tanto que me aterraba —confesó él finalmente—. Tanto que no sabía cómo manejarlo. Y cuando te fuiste... Cuando desapareciste, me convertí en un fantasma, vivo por fuera, pero... muerto por dentro.

Pasó una mano por su cabello mientras tragaba.

—Pero ya no soy ese hombre, Aurora —declaró—. Y te juro por lo más sagrado que tengo, que es esa niña que acabo de conocer, que no volveré a fallarles. Eres mía, siempre lo has sido. Esa conexión que sentiste la primera vez que me viste, ese fuego que nos consumió durante esos meses, esa complicidad que teníamos incluso en silencio... todo eso sigue ahí. Lo siento en cada latido de tu corazón contra mi pecho.

Se acercó y sus pulgares acariciaron suavemente las mejillas de Aurora, recogiendo lágrimas que ella ni siquiera sabía que estaba derramando.

—Vuelve a mí —suplicó con una intensidad que parecía arrancarle las palabras del alma—. Vuelve a casa. Déjame ser el hombre, el esposo, el padre que debí ser hace ocho años. Déjame amarte como mereces ser amada.

Por un instante, un brevísimo instante, ella se permitió imaginar cómo sería rendirse a esa promesa. Pero entonces, como un cristal rompiéndose, el hechizo se quebró y se apartó bruscamente de su toque, como si le quemara.

—¿Casa? —respondió con una risa amarga—. No tengo casa contigo, Angelo. La tuve una vez y la destruiste con tu indecisión. ¿Ahora vienes con palabras bonitas y promesas? —Negó con la cabeza, endureciéndose—. Los hombres como tú siempre quieren lo que no pueden tener. Me deseas ahora porque represento el único fracaso en tu vida perfecta.

Dio un paso atrás.

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