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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 64

C64-LA PRINCESA DE LA CASA.

La tarde caía lenta sobre la mansión Russo, fría y perfecta como siempre. Y en el segundo piso, detrás de un pesado cortinaje de terciopelo, Jimena observaba; sus dedos, con las uñas pintadas de un rojo oscuro impecable, se clavaban en la tela.

Angelo había ordenado que todos estuvieran presentes a las seis. Un anuncio importante, había dicho; al principio no entendió, pero luego pensó lo impensable.

¿Aurora y él se habían reconciliado?

La sola idea la hizo tensar la mandíbula.

Entonces el auto se detuvo frente a la entrada y Jimena se inclinó un poco más.

Angelo bajó primero, su postura seguía siendo dura, controlada, pero había algo distinto en su mirada, una luz que no estaba antes; él abrió la puerta trasera con un cuidado casi reverente y de ahí salió una niña.

Ocho años, usando un vestido azul sencillo y una mochila con forma de corazón.

Jimena frunció el ceño.

¿Quién era esa niña? ¿Algún gesto caritativo de su cuñado?

Pero entonces lo vio inclinarse, hablarle bajito y sonreírle de verdad. Una sonrisa que ella no recordaba haber visto nunca; entonces la niña alzó la vista, asombrada por la estructura, y tomó su mano sin dudar.

En cuanto la vio, el corazón de Jimena dio un golpe seco.

«Ese rostro... ese cabello...»

Un mal presentimiento le recorrió el cuerpo.

Abajo, Angela entró de la mano de Angelo y se quedó quieta al ver la sala. Los empleados todos estaban formados con respeto, incluso Tiago, el jardinero, había dejado sus herramientas.

—¿Papá...? —susurró—. ¿Hice algo malo?

Angelo sonrió y se agachó un poco.

—No, amor —respondió—. Están aquí para recibirte.

Angela soltó una risa nerviosa.

—Parece cuando cantan cumpleaños —comentó.

Angelo rió con ella.

—Pero sin pastel... todavía.

Ella asintió, más tranquila, y Angelo levantó la vista, buscando con la mirada.

—¿Dónde está Jimena?

Un empleado iba a responder cuando una voz cortó el aire.

—Aquí estoy.

Angela giró la cabeza y vio a una mujer bonita, elegante. Pero no más bonita que su mamá, pensó sin esfuerzo, y a su lado, un niño; fue cuando sus ojos se abrieron como platos.

—¡William!

—¡Angela!

El pequeño soltó a su madre y bajó corriendo las escaleras y la abrazó sin pensarlo. Ella le devolvió el abrazo con fuerza. Saltaron, rieron, hablaron al mismo tiempo.

—¿Mi tío sí es tu papá? —preguntó él, sin aire.

—¡Sí! —respondió ella—. Ahora somos primos. ¡Papá dijo que somos primos!

William abrió la boca, impresionado.

—¡Eso es increíble!

Pero Jimena se quedó rígida.

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