C70-NO SABIA QUE TE HABÍAS DIVORCIADO.
El invernadero privado en los terrenos de la casa señorial que perteneció a la familia de Saenz, estaba sumido en un silencio inquietante.
Jimena caminaba nerviosa entre los helechos mustios y las orquídeas moribundas. Sus dedos rozaban las hojas amarillentas mientras sus ojos revisaban constantemente el reloj.
El sonido de la puerta trasera abriéndose la hizo detenerse en seco.
Una silueta alta se deslizó dentro del invernadero y el rostro del hombre permanecía frío, pero su traje caro y sus manos enguantadas delataban su posición. En cuanto lo vio, la transformación en Jimena fue instantánea. La máscara de víctima dulce y frágil que mostraba al mundo se desvaneció, revelando a una mujer fría y calculadora.
—¿Está progresando? —preguntó el hombre directo y con impaciencia—. ¿La otra está fuera de la foto?
Jimena cruzó los brazos y torció la boca en una mueca de disgusto.
—Aurora es más dura de lo que pensé —respondió con frialdad—. Y Angelo la protege y babea por ella. Además, no esperaba que tuvieran una hija, eso complica las cosas.
El hombre chasqueó la lengua con evidente fastidio.
—Ese es tu problema, Jimena. Resuélvelo. No me interesan los detalles, solo los resultados.
Jimena asintió, tensando la mandíbula.
—Sí... Por eso tengo otro plan. Si no puedo separarlos, los destruiré a los dos —sus ojos brillaron con malicia—. Y este proyecto es su punto débil, ¿no?
—No me interesa cómo lo hagas —el hombre dio un paso hacia ella y su voz bajó una octava—. Me interesa que hagas lo que acordamos. La empresa debe caer en las manos correctas, se planeó así después del "accidente" de Alan.
La mención de Alan hizo que Jimena palideciera ligeramente.
El plan original había sido perfecto: con Alan en la dirección de las empresas Russo, ella como su prometida habría manipulado las decisiones clave, desviando fondos y transfiriendo acciones a nombre del hombre frente a ella y el accidente haría que ella tomara el control, pero Angelo, había aceptado la propuesta de la abuela y después de casarse había tomado el control, dejándola fuera.
—No nombres a ese imbécil —siseó Jimena, recuperando la compostura—. Mejor dime, ¿Trajiste lo que te pedí?
El hombre sacó un sobre de su chaqueta y se lo entregó.
—Aquí están. Los documentos falsificados para los permisos municipales. Haz que los firme y cuando el escándalo estalle, ella y Angelo cargarán con la culpa.
Jimena tomó el sobre y lo escondió en su bolso con una sonrisa satisfecha.
—Ok, te avisaré cuando esté listo.
El hombre se metió las manos en los bolsillos y miró alrededor, como evaluando el estado decadente del invernadero.
—¿Y mi hijo, cómo está?
Jimena suspiró, y luego esbozó una sonrisa fría.
—Se ha hecho amigo de la hija de Angelo. No la soporto, esa mocosa...
—Déjalo —la interrumpió con un gesto brusco—. Si lo ves... puede ser a nuestro favor. Solo... mantente alerta, ¿entiendes?
Ella lo miró sin entender completamente, pero no se atrevió a preguntar. El hombre le dirigió una última mirada penetrante antes de darse la vuelta y desaparecer por donde había venido, tan silenciosamente como había llegado.
Jimena se quedó sola en el invernadero, apretando el bolso contra su pecho, los documentos dentro eran su boleto para destruir a Aurora y, por extensión, a Angelo y una vez que Aurora firmara esos permisos falsificados, el escándalo por construcción ilegal y soborno a funcionarios caería sobre ella como una avalancha.
En otra parte de la ciudad…
El restaurante "Le Ciel" era conocido por su ambiente íntimo, los camareros se movían con elegancia entre los comensales, como si flotaran sobre el suelo de mármol.
En una mesa junto a la ventana, Angelo revisaba un contrato con el ceño fruncido. Su traje azul marino resaltaba el bronceado de su piel y frente a él, Valentina lucía espectacular en un vestido rojo fuego que parecía pintado sobre su cuerpo. Ella bebía vino lentamente, mientras sus pies rozaban "accidentalmente" los de Angelo bajo la mesa.
Pero a tres mesas de distancia, semi-oculta por un biombo de plantas exóticas, Aurora entraba del brazo de Logan. Ella vestía con simple elegancia: un vestido negro que realzaba su figura sin necesidad de exageraciones y Logan, atento como siempre, le apartó la silla para que se sentara.

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