C80-TE AMADO DESDE MUCHO ANTES.
Permanecieron abrazados bajo la ducha hasta que el agua comenzó a enfriarse. Angelo cerró la llave y tomó una toalla grande y con movimientos suaves, envolvió a Aurora primero, secando con cuidado cada parte de su cuerpo. Sus manos, que minutos antes la habían llevado al límite con pasión desenfrenada, ahora la trataban como si fuera de cristal.
—Ven —dijo, tomándola de la mano después de haberse puesto una toalla en la cintura—. Es hora de que veas.
Aurora lo siguió, desconcertada pero intrigada. El departamento, que apenas había visto al llegar, parecía diferente ahora, como si cada rincón guardara secretos que estaban a punto de revelarse. Angelo la condujo hasta la habitación principal y abrió la puerta del vestidor y ella se quedó sin aliento.
La mitad del armario estaba llena de ropa de mujer. Había vestidos, blusas, pantalones, todos perfectamente ordenados por color y estación y sorprendentemente todos de su talla.
—¿Qué es esto? —preguntó, tocando la tela de un vestido azul.
Angelo se acercó por detrás, rodeándola con sus brazos.
—Cada vez que veía uno de estos, pensaba "a Aurora le quedaría perfecto" y lo compraba —confesó contra su cuello—. Era mi forma de tenerte cerca cuando estabas lejos.
Aurora pasó los dedos por las prendas, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Cuánto tiempo...?
—Ocho años —respondió él—. Desde que te fuiste.
Angelo sacó un vestido sencillo color crema y se lo entregó.
—Ponte esto, hay más que quiero mostrarte.
Aurora se vistió mecánicamente, tratando de procesar lo que estaba viendo. Angelo también se puso ropa casual y la tomó nuevamente de la mano.
—Anoche no pudiste verlo bien cuando llegaste —dijo, guiándola hacia la sala—. Pero ahora quiero que lo veas todo.
Aurora se detuvo en seco al entrar.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías. Decenas de ellas. Y reconoció las fotos de su boda, selfies de cuando estaban juntos, momentos que creía olvidados. Pero lo que la dejó sin aliento fueron las imágenes donde aparecía de fondo, en su uniforme del instituto.
—Pero... esto... —sus ojos se enrojecieron, incapaz de terminar la frase.
Angelo le acunó el rostro entre las manos, sus propios ojos brillantes de emoción contenida.
—Te he amado desde mucho antes —confesó—. Te veía ser más hermosa cada día, pero... tenías dieciséis años y yo veintiséis. No podía acercarme, pero el día que volviste, cuando cumpliste dieciocho, juré que te cortejaría y que te haría mi novia.
Aurora sintió como si mil mariposas revolotearan en su estómago y de repente, muchas piezas encajaron.
—Entonces... mis pretendientes... ellos...
Angelo sonrió y la besó suavemente.
—Algunas cosas no cambian, supongo.


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