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Mi Marido Prestado romance Capítulo 104

Fabián jugaba con sus dedos, arrugando ligeramente la frente.

—Ella solo estaba desesperada en ese momento.

—¿De verdad fue solo desesperación o ya lo tenía planeado? ¿No te has dado cuenta?

Eleonor admiraba la capacidad que tenía él para querer engañarse.

Lo miró directo a los ojos, con una claridad que lo hizo rendirse. Fabián bajó los hombros, resignado.

—Ellie, esta vez sí se pasó, pero yo puedo compensarte de alguna manera…

Apenas dijo eso, su celular vibró sobre la mesa.

Eleonor ni siquiera necesitó ver la pantalla para saber quién llamaba. La expresión de Fabián, entre fastidio y resignación, lo delataba: era Virginia.

—Perdona, tengo que contestar.

Eleonor esbozó una sonrisa torcida.

—Ve, no te preocupes.

Invitarla a cenar, disculparse, y al final, ni siquiera habían traído los platos y él ya estaba atendiendo la llamada de la causante de todo.

Qué desánimo, todo era un sinsentido.

...

—Señorita, ¿señorita?

La voz del mesero la sacó de sus pensamientos. Eleonor parpadeó, volviendo al presente, y vio que ya habían servido el primer plato.

—¿Sí?

—Este colgante, lo dejó el caballero que venía con usted en la silla.

El mesero le tendió un colgante de jade.

—¿Podría guardárselo por favor? No sea que lo pierda.

—De acuerdo, gracias.

Eleonor lo tomó casi sin pensar y estuvo a punto de dejarlo en la mesa, pero al mirarlo mejor, un escalofrío la recorrió.

¡Era su colgante!

El mismo que le habían arrebatado en el orfanato años atrás.

Durante mucho tiempo había soñado con recuperarlo, pero su estancia en el orfanato fue tan breve que nunca logró recordar el nombre de la niña que se lo quitó. Cuando volvió a buscar pistas, el lugar ya ni existía.

Siempre quiso hallarlo, pero no tenía ni idea por dónde empezar. Jamás imaginó que aparecería así, de repente, en sus manos.

Fabián le devolvió el colgante, depositándolo en su palma.

Eleonor lo tomó enseguida, y con los dedos fue acariciando la parte interna, repasando cada detalle.

Ahí estaba su apodo, grabado a mano por su papá.

Ese colgante era mucho más que una joya: era el último deseo, la esperanza de sus padres para ella.

Un colgante de la suerte.

Para que Nana creciera bien y a salvo.

No cabía duda, era suyo. No de Virginia.

Es más, Virginia tenía que ser la misma niña que la acosaba en el orfanato.

De pequeña le quitó el colgante. Ahora de grande, le quería arrebatar hasta el marido y el trabajo.

Virginia parecía haber pasado toda la vida obsesionada con competir y quitarle todo lo que tenía.

Eleonor acarició las letras grabadas en el colgante y, mirando a Fabián, curvó los labios en una sonrisa irónica.

—¿Así que ella también se llama Nana, igual que yo?

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