Y ella, aferrándose a su última chispa de conciencia, logró enterrar aquella fina aguja de plata bajo su piel.
Cuando recobró el sentido, Eleonor se hallaba tendida en la cama de un hotel. Sus brazos y piernas parecían de trapo, y aunque se esforzaba, apenas podía moverse. A su alrededor, el cuarto lucía vacío, sin señales de nadie más.
No tuvo tiempo de pensar en nada. Instintivamente, sacó el celular y marcó ese número que tenía grabado en la memoria, con los dedos temblorosos pero decididos.
Mientras el tono sonaba en el auricular, Eleonor luchaba por incorporarse. Se obligó a sentarse, lista para bajar de la cama, cuando de pronto la puerta se abrió.
Davi apareció con una sonrisa insolente, el cabello revuelto y la mirada traviesa. Al verla despierta, se detuvo un segundo, sorprendido.
—Vaya, sí que eres digna de estudiar medicina. Con tanta droga que te metieron, y despertaste en apenas unos minutos, ¿eh?
Eleonor sabía que la aguja había hecho efecto. Aun así, la cantidad del sedante era tal que no le quedaba fuerza ni para intentar escapar. Davi estaba decidido; no le permitiría ni una sola oportunidad.
Ella escondió las manos bajo la cobija, mirándolo con recelo.
—¿Qué quieres, Davi? ¿Qué se supone que piensas hacer?
—¿Qué quiero hacer? —Davi alzó la ceja y avanzó hacia ella con una sonrisa burlona—. ¿No te das cuenta? ¿O es que necesitas que te lo diga con todas sus letras?
Eleonor lo fulminó con la mirada, los ojos enrojecidos por la rabia y la impotencia.
—¡Davi! ¡Estás loco!
—Uff, si hubiera sabido que con unas cuantas pastillas tu voz se volvía tan dulce cuando te enojas, no te habría esperado tantos años.
Davi se inclinó sobre ella, aspirando el aroma de su cabello. Una expresión de deseo se dibujó en su rostro.
—Hermana, hasta tu pelo huele delicioso, ¿sabías?
—¡Iker y Fabián siguen abajo! —Eleonor apretó los dientes, tratando de mantener el control—. ¡No te van a dejar hacer esto!
Davi ni se inmutó. Más bien, su tono se volvió aún más descarado.
—¿Y qué? El elevador se descompuso hace tres minutos. Estamos en el piso veintiuno.
—Para cuando logren subir, yo ya habré hecho lo que quiero.
No era la primera vez que Davi cometía una bajeza así. Para él, las cosas entre hombres y mujeres perdían el chiste si todo era demasiado consentido. Además, todo el mundo sabía que Fabián tenía el corazón puesto en otra persona, y que el matrimonio con Eleonor era solo un acuerdo entre familias para asegurar el futuro de los Rodríguez y los Valdés. Nadie rompería una alianza por una esposa de papel.
Y sobre Iker... sí, le tenía cierto miedo, pero aun así, aunque Iker quisiera matarlo, primero tendría que pasar por la abuela. En el peor de los casos, lo golpearían como a un costal de papas.
Pero eso no le importaba. Con tal de saciarse, todo valía la pena.
Su obsesión por Eleonor era como una adicción: cuanto menos la tenía, más desesperado se sentía.
—La noté rara, como apurada. Me dio mala espina, señor —César se rascó la nuca, cada vez más preocupado.
En ese momento, Fabián salió acompañado de Virginia. Al ver el alboroto, preguntó:
—¿Qué ocurre?
Iker lo miró fijo.
—¿Eleonor se ha comunicado contigo?
A un costado, el corazón de Virginia casi se le sale del pecho. Ella había calculado todo, menos la presencia de Iker en la subasta esa noche. Sabía de sobra cómo se las gastaba, y tuvo que hacer acopio de toda su sangre fría para no delatarse. Sin embargo, no pudo evitar esbozar una sonrisa irónica al pensar en el destino de Eleonor.
Para ella, daba igual que la buscaran con desesperación. Hoy, Eleonor estaba condenada a quedarse sin reputación.
Fabián miró su celular y negó.
—Nada.
Iker apretó los labios, la mirada oscura como una tormenta.
—Dile a Joaquín que cierre el hotel de inmediato y revise las cámaras. Tú reúne un grupo y ayúdame a buscar piso por piso.

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