Javier obedeció al pie de la letra y puso el altavoz en el teléfono.
Hizo varias llamadas antes de que, por fin, contestaran del otro lado. Pero no fue la voz de Iker la que se escuchó, sino la de César.
—Javier, soy César. El jefe está ocupado. Me pidió que te dijera que si sigues llamando a estas horas, no te sorprendas si te cae un rayo.
El semblante de la abuela se oscureció aún más; estuvo a nada de voltear la mesa de la rabia.
...
Javier se aclaró la garganta, apurado por ir al grano.
—César, pregúntale a Iker, por favor. Hace rato llamaron del proyecto en las afueras de la ciudad y...
César, quien llevaba años al lado de Iker y hasta había copiado su tono desinteresado, lo interrumpió de inmediato.
—Eso fue cosa de nuestro jefe.
Javier y la abuela se quedaron mudos.
Jamás esperaron que lo admitirían así, tan de frente, sin molestarse en fingir nada.
¡Hasta los empleados ya se atrevían a hablarles en ese tono!
Bajo la mirada fulminante de la abuela, Javier se aventuró a preguntar:
—Entonces, ¿qué quiere decir el jefe con esto?
—Nada en especial.
César mantuvo el mismo tono.
—Nuestro jefe siempre ha sido así: si alguien se mete con los suyos, él se la cobra.
—Ah, por cierto, en otros edificios también hay bombas, con temporizador.
César lo dijo como si estuviera dando un consejo amistoso.
—Mejor esperen a que todo vuele en pedazos y luego manden a los trabajadores a reconstruir. Así se evitan accidentes.
—¿¡Qué dijiste!?
La abuela no aguantó más y le soltó un grito.
—¡Pregúntale a Iker qué pretende hacer!
Si todo explotaba...
El proyecto se iba a la basura.
No solo perderían todo, sino que encima la pérdida sería de casi cien mil millones de pesos.
—Señora, el jefe está ocupado —replicó César, mientras de fondo se oía ruido de cartas y risas—. Pero ya lo dijo: al final, la cantidad exacta que pierdan depende de lo que usted haga.
—¿Qué quieres decir con eso?
La abuela preguntó, pero de pronto lo entendió todo.
¡Ese mocoso ya ni disimulaba de qué lado estaba!
Hasta la actitud de Javier con ella cambió; fue más atento de lo que nunca antes. Incluso mandó un carro con chofer para llevarla de regreso.
Cuando el carro se alejó entre la neblina matutina, Javier corrió de vuelta a la casa y anunció:
—Señora, voy a llamar al jefe ahora mismo.
—No hace falta —respondió la abuela, masajeándose las sienes y soltando una risa amarga—. Seguro que antes de que marques, él ya se enteró de todo.
...
Eleonor iba sentada en el carro, sin entender qué le había pasado a la abuela para mostrarle de pronto un poco de piedad.
Antes, cada castigo era más duro que el anterior; nunca se había tentado el corazón.
Perdida en esos pensamientos, Eleonor sentía los párpados cada vez más pesados y la fiebre subiéndole.
En pleno invierno, de madrugada, nadie podría soportar arrodillarse sobre el hielo sin enfermarse. Y menos si, por precaución, hasta se quitó la chamarra para no ahogarse si se rompía el hielo y caía al agua.
Después de tanto trajín, cuando llegó a casa ya estaba amaneciendo. Florencia había salido a trabajar, pero le dejó el desayuno listo en la mesa.
No tenía hambre, le dolía la cabeza y sentía todo el cuerpo débil. Se tomó una pastilla para bajar la fiebre y se tiró en la cama.
Cayó en un sueño pesado, lleno de sueños raros que se repetían una y otra vez.
Al final, soñó que volvía a estar de rodillas sobre el hielo.
Soñó que caía al agua, las plantas acuáticas la enredaban cada vez más, y cuando por fin logró salir, ya iba medio muerta.

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