Los movimientos de Virginia se detuvieron de golpe; luchó por controlar el temblor de sus emociones.
—¿A qué te refieres?
Por dentro, ardía de rabia. Maldita sea, ¿acaso esta tipa ya se enteró de algo?
Recordó aquellos años en los que abandonó la prepa, sin la menor esperanza de entrar a la universidad, siempre rodando con esa bola de vagos, comiendo cuando había y ayunando cuando no.
Hasta que Fabián la reconoció. Bueno, en realidad, lo que él reconoció fue el colgante que llevaba en el cuello.
Desde entonces, su vida dio un giro de ciento ochenta grados.
Se volvió una princesa de la noche a la mañana.
Fabián la trataba con todo el cuidado del mundo; bastaba que se le aguaran los ojos para que el hijo consentido de la familia Valdés hiciera hasta lo imposible por verla sonreír.
Ella sabía que, hiciera lo que hiciera, Fabián jamás le pondría límites.
Por eso se casó con el hermano mayor de Fabián, Cristóbal Valdés.
Si se quedaba con Fabián, solo podía aspirar a la mitad de lo que la familia Valdés poseía. Pero con Cristóbal… la historia era otra.
Así, podría quedarse con todos los recursos y la fortuna de los Valdés.
Lo de Fabián, lo de Cristóbal… ¡todo sería suyo!
Pero la muerte inesperada de Cristóbal la obligó a cambiar de planes.
Para colmo, Fabián ya no la veía como antes.
Si Eleonor de verdad sabía algo…
El cuerpo de Virginia se tensó, su mirada se volvió filosa sin que pudiera evitarlo.
Eleonor captó al vuelo ese cambio en Virginia. Sonrió, y palabra por palabra, desgarró su máscara de apariencias.
—Lo que quiero decir es que este colgante no era tuyo originalmente.
Si antes tenía dudas, ahora Eleonor estaba completamente segura.
Virginia era, sin lugar a dudas, la misma que la molestó cuando eran niñas en el orfanato.
—¡¿Qué estás diciendo?!
Virginia explotó, hablando entre dientes:
—Este colgante lo he llevado conmigo desde niña. Ahora sales con que no es mío, ¿y tus pruebas?
—¿Pruebas…?
Eleonor se recargó hacia atrás. Aunque seguía sentada, su presencia aplastaba a Virginia.
—¿No es tu reacción, tan molesta y alterada, la mejor prueba?
Después de tanto tiempo, encontrar pruebas era imposible. Y aunque Virginia lo hubiera robado, Fabián la protegería igual.
¿Entonces, a qué le tenía miedo?
Virginia también cayó en cuenta. Mientras Fabián no se enterara, ¿qué motivo tenía para alterarse?
Inspiró hondo y, esforzándose por sonar tranquila, respondió:
—¿Yo, asustada? Lo único que me molesta es que me calumnien. Lo que haces es llamarme ladrona, ¿no?
—Si no te da pena ser la amante, ¿ahora te espantas porque te digan ladrona?
La voz de Eleonor sonó seca, casi despectiva.
—…
Virginia se atragantó con la respuesta, y solo pudo lanzar una risa entre dientes.
—Mira quién habla. Ni el corazón de tu propio marido lograste ganar. La que está fuera de sí eres tú, ¿no?
—Tienes razón.
Sin inmutarse, Eleonor asintió, tomó su bolso y se levantó para irse.
...

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