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Mi Marido Prestado romance Capítulo 143

En cuanto Eleonor terminó de hablar, notó que el semblante de Fabián se endurecía, sus cejas y la mirada transmitían una agresividad apenas contenida.

Fabián la miró fijo, como si quisiera perforarla con los ojos.

—¿Estás segura de que no te equivocaste?

Eleonor jamás había visto esa expresión en él. Por instinto, retrocedió hasta que su espalda topó con la puerta del carro.

—Sí, estoy completamente segura.

La mano de Fabián, apoyada en la puerta, se tensó tanto que las venas se le marcaron de inmediato.

Él intentó contener lo que sentía.

—Entonces… ¿Todavía tienes contacto con esa amiga?

Al hacer la pregunta, ya se notaba que no esperaba mucho.

Había estado casado con Eleonor tres años, y la conocía de mucho antes. Prácticamente nunca la había visto rodeada de amigas de su edad, salvo Florencia.

Pero Florencia era originaria de Frescura.

Eleonor no atinaba a entender lo que buscaba Fabián, así que respondió sin rodeos.

—No, ya no tengo contacto.

Dicho esto, jaló la puerta del carro.

—Tengo cosas que hacer, ¿me dejas salir, por favor?

—…Está bien.

Fabián, con lentitud, retiró la mano. No apartó la mirada de ella hasta que el carro se perdió en la distancia. Solo entonces su semblante se endureció todavía más, sacó el celular y marcó rápidamente.

—Adrián, necesito que consigas la lista de niños del orfanato Montaña del Viento de hace años.

—¿La lista completa?

Adrián sonaba sorprendido.

Fabián afinó la voz.

—Solo los que tengan más o menos la misma edad que Virginia.

—Jefe, precisamente estoy revisando eso.

Adrián reportó al instante:

—Ya revisé todos los nombres de esa época y, la verdad, no hay muchos con una edad cercana a la señorita Soto. Los que coinciden con lo que usted me pidió, son aún menos. Solo una niña encaja perfecto, nacida aquí en Aguamar. Tenía cinco años. Antes de llegar al orfanato, vivía junto al Parque de la Alegría…

Fabián lo interrumpió de golpe.

—¿Parque de la Alegría?

—Así es.

Adrián añadió enseguida.

Él, sentado a un lado del camino, se derrumbaba al ver cómo sacaban el cuerpo de su papá de entre los fierros. En ese momento, dos manitas taparon sus ojos.

—No mires, aquí estoy.

...

Después, mientras su mamá seguía grave en el hospital, el papá de la niña la llevó varias veces a visitarlo.

La última vez que la vio fue cuando su mamá lo trasladaron de vuelta a Frescura.

La niña lloraba mucho, se tallaba los ojos con sus manitas gorditas, queriendo aparentar que no le dolía.

—¡No te olvides de venir a buscarme para jugar con Nana!

¿Olvidar? ¿Cómo podría?

Fabián volvió a golpear el carro, los ojos enrojecidos.

Si Virginia no era ella...

No se atrevía a pensar en lo que sería capaz de hacer.

Sus nudillos rechinaban de la tensión cuando, detrás de él, resonaron unos tacones en el asfalto.

Virginia, todavía dándole vueltas a lo que le contó Eleonor, llegó caminando en puntas de pie, tratando de disimular su inquietud. Le picó la espalda con el dedo y soltó en tono juguetón:

—Hace mucho que no vienes por mí al trabajo, ¿eh? Te lo reconozco.

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