—¿Quién dijo que esto era infalible?
Davi apretó los dientes. Si no fuera por las promesas tan seguras de Virginia, jamás se habría subido a ese barco con ella.
Y ahora estaba pagando un precio altísimo por haber confiado en ella.
Al recordarlo, Virginia no pudo evitar sentirse un poco culpable. Ya había escuchado a Fabián contarle cómo Iker había arruinado a Davi.
Por eso llevaba días evitándolo, con miedo a que toda la bronca le llegara.
Pero claramente, el incendio ya la tenía acorralada. Davi le estaba echando toda la culpa.
Aguantando el dolor en el cuero cabelludo, Virginia trató de pensar a mil por hora y, de mala gana, soltó:
—Yo tampoco pensé que ese día el señor Rodríguez iba a estar ahí, no me puedes echar toda la culpa…
De pronto, algo se le ocurrió y su tono cambió, más firme:
—Si quieres buscar culpables, mejor voltea a ver a Eleonor. Ella es la verdadera responsable de todo esto.
—Mira nada más —dijo, señalando hacia donde estaba el carro de Eleonor, con una mueca venenosa en los labios—. A ti te dejaron fuera de combate, pero ella como si nada, ahí anda coqueteando con cualquiera solo porque se siente muy guapa.
A lo lejos, Nil se subió al carro de Eleonor; juntos salieron para ir a celebrar el cumpleaños del profesor.
—¡Cállate!
El grito de Davi retumbó. Le dio un par de palmadas en la cara, fuerte.
—No te creas que no sé lo que intentas. Quieres que yo te ayude a quitar a la señora Valdés del camino, ¿verdad?
Ese tipo ni tantita compasión conocía. Pegaba como si estuviera repartiendo bofetadas en la calle.
Virginia respiró hondo, el dolor le hizo apretar los dientes.
—Solo pienso que no vale la pena lo que estás haciendo por ella —aventó—. Mira cómo acabaste por su culpa. Yo digo que deberías acabar con esa carita que tanto presume.
—Así, seguro se te entrega para siempre.
—Vaya, vaya…
Davi casi nunca se topaba con mujeres tan retorcidas. La sujetó de la mandíbula, apretando con fuerza.
—¿Sientes envidia, verdad? La neta, sí deberías. Porque ni tu mejor ángulo le llega ni a los talones.
Pensó en los pies finos y rosados de Eleonor, esos que tantas veces lo hacían perder la cabeza en sueños.
Por primera vez, Virginia se dio cuenta de que lo de Davi por Eleonor iba mucho más allá de un simple deseo. Aquello rayaba en lo obsesivo.
¡Qué tipo más trastornado!
A pesar de sentirse humillada, Virginia sabía que no podía enfrentarse de lleno al segundo hijo de la familia Rodríguez.
—Profesor, todavía ni empieza la comida y ya nos anda presumiendo su amor, ¿eh?
—Es lo que más le gusta, presumir a la maestra —añadió Eleonor, con una sonrisa.
Ella fue a lavarse las manos y se puso a ayudar a Natalia aunque no era experta en la cocina, pero sí muy rápida para pasarle los condimentos que necesitaba.
El ambiente se llenó de calidez, como si las preocupaciones quedaran muy lejos.
Más tarde, en la mesa, Nil descorchó una botella de vino tinto que había traído. Todos brindaron y bebieron un poco.
Al terminar, Álvaro sacó su ajedrez y retó a Nil a una partida.
Eleonor, que tenía la peor resistencia al alcohol, terminó recargada en el respaldo del sofá, apenas manteniéndose despierta.
Natalia le acercó una taza.
—Toma, es una infusión especial. Tu profe me pidió que la preparara para ti, así te baja la borrachera.
—Gracias, Natalia.
Eleonor sintió la cabeza pesada, pero recibió la taza y bebió despacio, como una niña obediente.
Natalia la miró con ternura, pero también algo de nostalgia.
—Este año, la esposa de Gabriel está a punto de tener a su segundo bebé. Con esa panza ya no puede regresar al país, así que solo Álvaro y yo vamos a ir a visitarlos.

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