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Mi Marido Prestado romance Capítulo 208

Eleonor recordaba que, en la universidad, tanto ella como Florencia siempre estaban llenas de trabajo.

Al ser personas comunes y corrientes, sabían que solo el estudio les abría un camino real hacia adelante, así que aprovechaban cada minuto para aprender.

Además, como no compartían cuarto, a veces solo se encontraban una o dos veces por semana.

Eleonor miró a Florencia.

—¿Y entonces por qué terminaron? Hoy vi a Benicio y se nota que todavía siente algo por ti.

—Por la diferencia de clases.

Florencia se encogió de hombros y sonrió, como si no le diera importancia.

—Su hermana mayor me dio un cheque de un millón de pesos y me pidió que cortara con él.

La hermana de Benicio era más grande que él por diez años, y en la familia Estrada, su opinión pesaba tanto como la de los papás.

Desde joven, después de entrar al ejército y subir de puesto rápidamente, se volvió una persona de carácter firme, de las que no aceptan un no por respuesta.

—¿Qué?

Eleonor se quedó pasmada.

Florencia rio bajito.

—Es lo de siempre, ¿no? En las telenovelas pasa a cada rato...

—No, no es eso —interrumpió Eleonor, negando con la cabeza—. Yo quiero saber si aceptaste ese millón.

Florencia suspiró, bajando la mirada.

—No lo acepté.

Un suspiro pesado brotó de su pecho.

—La verdad, éramos demasiado jóvenes.

En ese entonces, ni siquiera tenía veinte años.

Aunque en su familia siempre habían preferido a los hombres y ella aprendió desde niña el valor del dinero, todavía era muy joven. Por más pobre que estuviera, su dignidad pesaba más. No podía soportar ni un poco de humillación.

Florencia se dejó caer sobre la cama, perdiéndose en el recuerdo.

—Estuve a punto de llorar. Me paré de golpe y le dije que sí, que iba a terminar con él.

—Y con esa mirada de "lo sabía" que tenía su hermana, rompí el cheque en pedacitos y lo dejé sobre la mesa.

Después escuchó que la hermana de Benicio había ascendido de puesto otra vez. Durante varios días Florencia no pudo dormir tranquila, temiendo que la fueran a buscar para hacerle la vida imposible.

Al fin y al cabo, esa familia solo tenía que chasquear los dedos para cerrarle todas las puertas.

Por suerte, solo fue un susto. Al parecer, la hermana mayor ya ni se acordaba de su existencia.

—Bueno, señora Castillo.

La voz de Susana sonaba llena de alegría.

—¡Doctora Muñoz! ¿Mañana tiene tiempo?

—Claro que sí.

Eleonor sonrió.

—Si usted tiene tiempo, mañana puedo ir a visitarla.

Había estado pensando en eso desde hacía días.

Pero, por cuestión de cortesía, no quería ir tan pronto para no interrumpir a Susana si tenía otras visitas.

Si Susana no llamaba, ella misma pensaba marcarle en la mañana para preguntar si era buen momento.

—Perfecto, perfecto.

Susana colgó el teléfono, radiante de felicidad.

A un lado, Iker observó a la anciana tan contenta y levantó una ceja con curiosidad.

—¿Con quién hablabas?

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