—Ella no les mintió.
La voz de Jaime sonaba tranquila, sin levantar el tono.
—La medicina que reduce los efectos secundarios en un cincuenta por ciento ya está en fase de pruebas. Pero, con la experiencia previa de Eleonor en desarrollo, solo puede salir bien, fracasar no es opción.
Reducir los efectos secundarios no era cosa de un día para otro. Eleonor siempre encontraba la manera de ajustar y mejorar cada detalle, paso a paso, sin rendirse jamás.
Era claro que tenía talento, pero sobre todo una habilidad impresionante para hacer que cada ajuste funcionara. Jaime lo notaba y, en el fondo, le tenía un profundo respeto.
Bruno y Gael se miraban, uno con los ojos bien abiertos, el otro sin saber ni qué decir. Jaime, con toda la intención de picarlos, remató:
—Al principio, Eleonor quiso registrar el éxito a nombre de su equipo. Pero viendo que ustedes ni metieron las manos, en la lista de investigadores solo quedarán Eleonor y Nil.
Bruno y Gael se quedaron helados, sin poder reaccionar. Ni tiempo de defenderse tuvieron; hacía un momento habían hablado con tanta seguridad, que ya ni espacio para retroceder les quedaba.
Virginia, por su parte, tenía el rostro descompuesto, pero de inmediato se recompuso y le lanzó una mirada a Eleonor.
—Ya que nuestros equipos se supone que van a trabajar juntos, ¿por qué no nos platicas en detalle sobre tu medicina en fase de prueba, Eleonor?
Apenas terminó de hablar y todos los presentes se quedaron boquiabiertos.
¿Qué pretendía con eso? Ni había que adivinarlo: quería quedarse con el mérito y el trabajo ajeno, así, descaradamente.
Eleonor alzó las cejas, mirándola directo y sin rodeos.
—Sí, la idea es que trabajemos juntos, pero nadie dijo que tú vas a recoger los frutos sin esforzarte. El día que puedas mostrar el mismo nivel, entonces sí, no tendré problema en compartir lo que sé.
Ya tenía bien claro lo que tramaba Virginia. Solo quería colgarse del trabajo de otros y salir ganando, sin mover un dedo.
Esa junta solo había servido para una cosa: sumar a su proyecto a un lastre. Uno que, bajo el disfraz de “trabajo en equipo”, solo buscaba aprovecharse de los demás.
Se refería, claro, a aquella vez que Fabián llevó a Virginia a la casa de Osorio para que la aceptara como discípula.
Virginia se acordaba perfectamente. Jamás olvidaría la humillación que el viejo le hizo pasar ese día.
Le devolvió la mirada a Eleonor, con rabia y una pizca de desprecio.
—¿Y qué? ¿Crees que en cuatro años de universidad ya aprendiste todo lo que sabe el señor Osorio?
Todo el mundo en el gremio médico lo sabía: para destacar en medicina, sobre todo en la tradicional, hacía falta talento, pero también mucho tiempo. Cuatro años no eran nada; a lo mucho, servían para impresionar a pacientes despistados, pero para investigación de verdad, eso no alcanzaba.
Además, según decían, el señor Osorio solo le había transmitido todos sus conocimientos a un discípulo secreto, alguien que nadie conocía. El resto, apenas y había rascado la superficie.
Eleonor la observó un instante y, de pronto, sonrió.
—¿Y no se te ha ocurrido que, tal vez, llevo más de cuatro años aprendiendo?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Marido Prestado