Alejandra escuchó el número que Eleonor acababa de repetir y por un instante pensó que tanto ella como Iker se habían vuelto locos.
—¿De dónde se supone que voy a sacar treinta mil millones en efectivo?
Eso no era algo que pudiera hacer cualquier persona. Ni siquiera las familias poderosas de Frescura tenían esa clase de dinero disponible así de fácil.
Y mucho menos para regalarlo sin más.
Al ver que Eleonor seguía tan tranquila como siempre, Alejandra empezó a sospechar.
—¿No me estarás mintiendo, verdad?
—¿Por qué te mentiría? —respondió Eleonor con absoluta calma.
Alejandra respiró hondo, de pronto sin saber qué decir.
Era la primera vez en su vida que algo relacionado con el dinero la ponía contra las cuerdas.
Eleonor notó su silencio y preguntó:
—¿Entonces, todavía quieres la receta o no?
Después de todo, estaba claro que Alejandra había venido con otra intención, no solo por una consulta.
—Sí, sí la quiero —asintió Alejandra.
La verdad es que últimamente no había podido dormir nada bien, y acababa de escuchar afuera a los pacientes decir que Eleonor era una doctora increíble.
Ya estaba ahí, así que mejor de una vez aprovechar para ver si podía arreglar un poco su salud.
Eleonor tecleó un par de cosas y luego le entregó una receta impresa.
—Pasa a pagar y recoger el medicamento en el primer piso.
Alejandra tomó la receta, pero no se fue de inmediato. Dudaba si debía decir lo que estaba pensando.
Eleonor miró la hora y, viendo que se hacía tarde, se apresuró:
—¿Ya pensaste si vas a ayudarme con esos treinta mil millones?
...
Alejandra respiró hondo otra vez.
—No tengo esa cantidad. Si fueran tres millones todavía podría ver cómo conseguírtelos.
—Entonces, ni modo. Me voy, ya terminé mi turno.
Eleonor en realidad nunca esperó que Alejandra pudiera sacar esa cantidad de dinero. Solo quería dejar las cosas claras, para evitarse problemas interminables en el futuro.


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