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Mi Marido Prestado romance Capítulo 240

Desde pequeña, Eleonor siempre había tenido una chispa especial para el estudio. Mientras los demás luchaban por avanzar de cero a cien, ella ya partía desde noventa y volaba directo hasta ciento cincuenta.

Ese día, Eleonor se quedó en el laboratorio hasta entrada la noche. Entre experimentos y reportes, ni siquiera tuvo tiempo para almorzar. No fue sino hasta que terminó todos sus pendientes que sintió el vacío mordaz en el estómago.

Florencia no estaba, así que tampoco tenía ánimo para salir a cenar fuera. Decidió regresar a casa y cocinar unas empanadas para quitarse el hambre.

Tomó el celular, se colgó el bolso al hombro y bajó al estacionamiento subterráneo, lista para manejar de vuelta a casa.

El edificio del Grupo Rodríguez se había construido con una inversión descomunal; la limpieza y el mantenimiento mensual hacían que el estacionamiento no tuviera nada que ver con esos sótanos lúgubres de otros lugares. Todo estaba iluminado con lámparas LED, tan brillantes que casi parecía de día. Además, siempre había cámaras de seguridad vigilando cada rincón.

En ese lugar, la seguridad era cosa seria.

Eleonor jamás se había sentido intranquila allí.

Pero esa noche, apenas salió del elevador, notó algo extraño. Todo estaba sumido en penumbra, apenas un par de luces titilando a lo lejos. Ya había pasado la hora pico, así que el estacionamiento se sentía desolado, el eco de sus pasos retumbaba y la piel se le erizó.

Aun así, al ver el parpadeo rojo de la cámara sobre su carro, el miedo se le disipó un poco.

El Grupo Rodríguez tenía una seguridad de primer nivel.

—¿Señorita Muñoz, cierto?

Apenas había llegado a su carro cuando dos hombres enormes salieron de una camioneta negra estacionada cerca.

—Alguien pagó para que te desaparezcamos.

Antes de que pudiera reaccionar, todo se volvió oscuridad.

...

Despertó con la cabeza a punto de estallar. Estaba en el asiento trasero de un carro en movimiento, atada de pies y manos.

Uno de los tipos, sentado a su lado, hablaba por teléfono. Notó que Eleonor había despertado, pero ni siquiera la miró, siguió hablando como si nada.

—Señor Valdés, si quiere salvarla, venga solo. Si le avisa a la policía, se lo juro, la señorita Muñoz no verá la luz del día mañana.

...

En la oficina, Fabián se levantó de golpe de su silla, la mandíbula tensa, y salió a paso firme.

—¿Quiénes son ustedes? ¡Ella es mi esposa, y si le tocan un solo cabello, se los juro que no saldrán bien parados!

Adrián, que iba pegado a sus talones, sabía perfectamente que Fabián no estaba exagerando ni lanzando amenazas vacías.

Para la mayoría, el presidente Valdés era el ejemplo perfecto de un caballero, educado y tranquilo. Pero muy pocos sabían que su paciencia tenía límites y, cuando cruzabas la línea, su carácter podía ser como el filo de un machete.

El tipo del teléfono soltó una risa desdeñosa.

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