Decir que nunca lo había dudado sería mentir.
Cuando sus padres fallecieron, Eleonor era muy pequeña, apenas tenía cinco años. Era natural que creyera todo lo que le decían los adultos.
Conforme fue creciendo, la pregunta regresaba a su mente, una y otra vez, como un fantasma del que no podía deshacerse.
Policías antidrogas. Misión terminada. Un accidente de regreso a casa.
Esos tres factores juntos… entre más lo pensaba, más le sonaban extraños.
Sin embargo, quienes investigaron la causa de la muerte en aquel entonces eran policías que tenían una relación muy cercana con sus padres.
En el funeral, también los vio llorar con sinceridad, como si en verdad les doliera la pérdida.
Eleonor llegó a convencerse de que ellos habían hecho todo lo posible por descubrir la verdad.
Así que, o de verdad había sido un accidente, o el responsable tenía habilidades y recursos tan grandes que no dejó ni una sola pista.
Eleonor se limpió la nariz, alzó la mirada y fijó los ojos en Fabián.
—¿Qué es lo que quieres decir?
—Últimamente he estado haciendo todo lo posible por encontrarte.
Fabián habló con voz calmada.
—En ese proceso, me crucé con algunas cosas del pasado… pistas sobre la muerte de tus padres.
—Estoy seguro de algo: lo de tus padres no fue un accidente.
Lo había sospechado antes, pero escuchar la verdad de manera tan directa resultaba otra cosa.
Eleonor sintió que las piernas le temblaban. Sus ojos buscaron con ansiedad a Fabián.
—¿Qué pistas encontraste?
Esperó en silencio, sin atreverse ni a parpadear, temiendo perderse incluso una sola palabra.
Sin importar quién estuviera detrás, aunque tuviera que arriesgarlo todo, Eleonor se juró que vengaría a su madre y a su padre.
Habían dedicado su vida entera a ese trabajo. Merecían, por lo menos, saber la verdad sobre su muerte.
Quería que, dondequiera que estuvieran, pudieran descansar en paz.
Fabián notó cómo las emociones de Eleonor por fin afloraban. Al ver lo importante que era el tema para ella, lo pensó un momento antes de hablar.


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