César estaba tan nervioso por Eleonor que no podía dejar de sudar frío, y cada vez sentía más ganas de decirle unas cuantas cosas a Joaquín. Pero Joaquín, como si no notara nada, siguió soltando información sin parar.
—Sí, después de salir del hospital, la señorita se fue con Fabián.
—Acaban de reportar que la señorita no ha salido desde entonces.
Mientras hablaba, Joaquín empezó a mostrar algo de molestia.
—Jefe, ¿no cree que la señorita está otra vez clavada con el amor?
...
César casi deseó poder dejarlo mudo en ese instante.
¿Cómo era posible que un tipo así tuviera boca para hablar?
Iker hizo una mueca.
—Llama tú mismo y pregúntale.
—¿Eh?
Joaquín se quedó pasmado y se señaló a sí mismo.
—¿Yo?
No se sentía nada bien llamando para preguntar eso.
Después de todo, era la señorita, y él solo era un empleado.
A un lado, César ya había sacado su celular y empezaba a marcar.
—Yo mismo le llamo a la señorita.
Iker le indicó:
—Ponlo en altavoz.
...
Eleonor tenía la costumbre de dejar el volumen de su celular bajo, y además estaba tan profundamente dormida que apenas si escuchó algún sonido lejano. El sueño la tenía tan atrapada que ni siquiera intentó abrir los ojos.
Lo que no sabía era que, aunque había dejado la puerta con seguro, en algún momento, alguien más había entrado en la habitación.
Fabián guardó la llave de la puerta en el bolsillo, temiendo que el timbre la despertara. Se acercó en silencio a la cama, dispuesto a poner el celular en silencio. Antes de hacerlo, miró de reojo la pantalla.
—César—, leyó en voz baja.
Fabián reconocía ese nombre. Era uno de los hombres de confianza de Iker.
Sabía que, con lo astuto que era Iker, lo de anoche ya debía haberse filtrado hasta otros países. Así que Fabián fue directo al balcón, contestó la llamada y avisó, como para tranquilizarlos:
—Bueno, soy Fabián. Pueden decirle a su jefe que no se preocupe, Ellie está bien.
Al otro lado de la línea, Iker apretó los labios y esbozó una sonrisa irónica.
César también se quedó sin palabras. Su idea era simple: llamar a la señorita para aclarar el malentendido de las fotos y que todo quedara resuelto.
Pero Fabián, ¿por qué tenía que ser tan imprudente?
¿Por qué contestar el celular de la señorita?
—Señor Valdés, ¿y la señorita? ¿Por qué contesta usted su celular?
—Acaba de quedarse dormida.
Fabián miró hacia la cama, sus ojos suavizándose al ver a la chica dormida, tan tranquila, como si nada malo hubiera pasado. Sintiéndose más relajado, bajó la voz.


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