—No.
Eleonor sacó esos pensamientos de su mente, se cambió los zapatos y caminó hacia la mesa. Arrugó la frente de manera involuntaria, luego volteó a mirar al hombre que la seguía.
—¿En qué pastelería pediste el pastel?
Le sorprendía que Iker recordara su cumpleaños. Y más aún, que hubiera encontrado a un repostero tan malo.
El pastel representaba a su personaje favorito de anime, pero estaba tan deformado que apenas se reconocía. Era realmente feo.
Iker notó la expresión de ella, echó un vistazo al pastel y preguntó:
—¿No te gusta cómo quedó?
Jamás se le habría ocurrido a Eleonor que él mismo lo hubiera hecho, así que contestó con toda honestidad:
—Está bastante feo, la verdad. Mejor no vuelvas a pedir ahí la próxima vez.
...
Iker sintió un pequeño sobresalto, aclaró la garganta y asintió con fingido aplomo.
—Tal vez en el camino se maltrató... Anda, pide un deseo.
Ese tono tan serio y la forma en que trataba de ocultar algo... a Eleonor le resultaba familiar, pero no lograba ubicarlo.
Se quedó pensativa unos segundos y preguntó, dudosa:
—Oye, este pastel... ¿no me digas que tú lo hiciste?
En ese momento, Iker, con sus manos largas y huesudas, frotó una cerilla y la acercó a las velas. Al escuchar la pregunta, su movimiento se notó algo torpe, justo cuando acababa de apagar la cerilla, su celular sonó desde el pantalón.
Mientras caminaba hacia el balcón, sacó el teléfono y contestó de manera seca:
—Habla.
—Señor...
En un instante, la levantó del suelo y la sentó sobre la mesa, sujetándola de la cintura.
—Pide tu deseo —dijo con voz grave.
Sin embargo, no le dio ni un segundo para hacerlo. Se inclinó y la besó, apoderándose de sus labios con una intensidad arrolladora, sin dejarle espacio para resistirse.
Esta vez, hasta la respiración de él le quemaba la piel.
La mano de Iker, posada sobre su cintura a través de la tela delgada, le hacía temblar el cuerpo. El beso era tan intenso que Eleonor sentía el vértigo de perderse en su locura. Se asustó, trató de apartarse, y murmuró entre jadeos:
—No... ¿no íbamos a pedir un deseo?
Pero Iker ni se inmutó. La sostenía con una mano en la cintura y la otra en la nuca, sin permitirle moverse.
Solo cuando ambos se quedaron sin aliento, cuando el aire les faltaba, Iker se separó de sus labios. Apoyó su frente contra la de ella y, como si no quisiera soltarla, siguió besándola suavemente en la comisura de los labios.
Poco a poco, sin soltarla, apagó de un soplido las velas del pastel, la levantó en brazos y, sin pensarlo dos veces, se la llevó rumbo al cuarto.

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