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Mi Marido Prestado romance Capítulo 303

No sabía en qué momento exacto, ni con qué palabra, pero Eleonor se olvidó hasta de respirar.

Tampoco entendía qué parte de su cuerpo se sentía peor; bajó la cabeza despacio, se encorvó e intentó aliviar esa sensación de asfixia.

Por fuera, ella siempre había culpado a Iker.

Pero, en el instante en que escuchó sobre lo que le había pasado, su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Al enterarse de que él había resultado herido, un dolor extraño se apoderó de ella.

Nunca habría imaginado que esos nueve años compartidos dejarían una huella tan profunda en su vida.

Eleonor hizo todo lo posible por contenerse. Sabía que ponerse a llorar en ese momento no era lo correcto; podía arruinar el ambiente y quitarle las ganas de comer a cualquiera.

Sin embargo, en un parpadeo, las lágrimas terminaron rodando y golpeando el suelo.

Florencia, aunque había escuchado rumores sobre las peleas dentro de familias grandes, nunca había presenciado algo tan crudo y directo. Se quedó sorprendida un buen rato, hasta que notó que algo no andaba bien con Eleonor.

Alejandra sacó una servilleta y se la pasó a Florencia, indicándole con un gesto que se la diera a Eleonor.

Florencia susurró con suavidad:

—Ellie, ¿estás bien?

—Disculpa...

Eleonor tomó la servilleta, sin levantar la cabeza, y con manos temblorosas se limpió la humedad de las pestañas. Solo entonces logró esbozar una sonrisa.

—De repente me acordé de mis papás.

Florencia entendió al instante y, para que no quedara el momento incómodo, añadió explicando a Alejandra:

—Los padres de Ellie también fallecieron en un accidente de carro.

Alejandra, que ya había captado la situación, no hizo más comentarios. Justo en ese momento llegó el mesero con más comida, y ella cambió el tema de inmediato:

—Mejor comamos, ¿sí? Dicen que el pollo de esta casa es buenísimo.

...

Al terminar la comida, Florencia se despidió porque tenía que regresar al despacho. Eleonor y Alejandra, en cambio, se dirigieron juntas al Grupo Rodríguez.

Cada quien fue a su área: una al departamento de investigación y la otra a la oficina de dirección.

Por suerte, aunque Eleonor tenía la cabeza hecha un lío, en cuanto entró al laboratorio pudo dejar todo de lado y concentrarse en su trabajo.

Sabía mejor que nadie lo que debía hacer.

Pero, al detenerse por la noche y cuando el silencio la envolvió, las palabras de Alejandra empezaron a repetirse en su cabeza como si tuviera un disco rayado.

No se atrevía a imaginar cómo había sido el instante en que la bala atravesó el cuerpo de Iker.

Tampoco quería imaginar cuánto le habría dolido.

Conociéndolo, tan pulcro y exigente como era, tan solo el hecho de verse postrado en una cama de hospital debió de resultarle insoportable.

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