Rufino apenas alzó las cejas y le explicó a Eleonor:
—Mi madre, después de verte ayer, dijo que sentía que había buena química contigo.
Eleonor no pudo evitar sonreír.
—La verdad, cuando vi a la señora Estrada, también sentí algo especial. Me pareció muy cálida.
No tenía ese aire arrogante de las familias acaudaladas; se notaba que tenía clase, pero hablaba poco y aun así resultaba cercana.
Rufino pensó que solo era cortesía y la condujo al interior.
—Mamá, la doctora Muñoz ya llegó.
Eleonor entró a la sala.
—Señor Estrada, señora Estrada —saludó con respeto.
Cuando Yolanda la miró, ya no era la misma expresión distante de la vez anterior; ahora, incluso frunció los labios en una pequeña sonrisa.
—Doctora Muñoz, perdón la molestia que le estamos causando.
—Para nada, es lo que corresponde —contestó Eleonor.
Se acercó y preguntó con suavidad:
—¿Le parece si empezamos?
Yolanda asintió.
—Claro.
Al ver su respuesta, Eleonor se giró hacia Rufino.
—¿En qué piso está la habitación?
—En el segundo —respondió Rufino.
Ireneo empujó la silla de ruedas de Yolanda y todos se dirigieron juntos hacia el elevador.
...
Una vez en la habitación, Ireneo ayudó a Yolanda a recostarse en la cama. Entonces, Eleonor habló con voz serena:
—Voy a empezar el tratamiento. Señor Estrada, Rufino, ¿les molestaría salir un momento?
Aunque el tratamiento era para las piernas, la acupuntura requería estimular varios puntos en el cuerpo, no solo ahí.
Pero, sabiendo que la familia Estrada tal vez no se sentiría tranquila, añadió:
—Si lo prefieren, puede quedarse alguna de las muchachas de servicio para acompañarla.
—No hace falta —intervino Yolanda de inmediato, dirigiéndole una mirada a su esposo y a su hijo—. Vayan, de veras. No se preocupen.
Ireneo, que era la autoridad máxima en Aguamar, asintió con respeto hacia Eleonor.
—Por favor, confío en usted.
Así, consiguió relajarse por completo y esperar el procedimiento.
Como le había prometido, no dolió.
Eleonor era rápida y precisa; en poco tiempo, las agujas de distintos grosores ya estaban colocadas en los puntos correctos.
Después, Eleonor se incorporó y fue hacia la ventana. Abrió las cortinas de par en par, dejando que la luz de la mañana bañara la habitación.
Yolanda, instintivamente, entrecerró los ojos.
—Doctora Muñoz, la luz da directo...
—Usted necesita sol.
Eleonor la observó con atención, notando lo pálida que estaba.
—El sol ayuda a recuperar energía; en este momento el clima es suave, así que es perfecto. Si le preocupa mancharse la piel, después puedo recomendarle algo para eso.
—Por ahora, lo más importante es que sus piernas mejoren.
La mirada paciente de Eleonor convenció a Yolanda, que terminó asintiendo.
A mitad del tratamiento, una de las empleadas entró con un vaso de agua para Eleonor. Al ver que el sol caía sobre su patrona, se apresuró a correr las cortinas.
Pero Yolanda la detuvo:
—Déjalas así, quiero seguir un rato más bajo el sol.

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