Eso sí que no lo dijiste mal.
Sin embargo, Javier no pudo evitar soltar su preocupación:
—Pero si es una familia poderosa de otra ciudad, ¿no sería un problema si los ofendemos de esta manera...?
Siempre había sido cauteloso hasta la exageración.
Pero Alma, acostumbrada a mirar por encima del hombro a todos, se limitó a bufar con desdén:
—Aunque tu suposición tenga sentido, ¿cuántas de esas familias hay a las que en verdad no podamos enfrentar? Cerca de Frescura, solo la familia Estrada de Aguamar podría darnos dolores de cabeza. A ellos sí, mejor no buscarlos.
—¿Los demás? ¿Por una tal Eleonor se atreverían a ponerse en contra de nosotros, la familia Rodríguez? ¡Por favor!
La familia Rodríguez no podía permitirse ofender a los Estrada.
Y, al mismo tiempo, las demás familias tampoco tenían el lujo de enemistarse con los Rodríguez.
En estos días no se había escuchado nada de que los Estrada vinieran a Frescura. ¿Qué tan probable era que justo esta casa estuviera habitada por alguien de los Estrada?
Javier asintió, rindiéndose:
—Tiene razón...
—¿Entonces qué esperas para llevártela de una vez?
Alma, sentada dentro del carro, le lanzó a Eleonor una mirada que podría haber cortado el aire. Luego añadió con impaciencia:
—Si esta vez se nos va nuevamente el tiempo, ¿cómo le doy la cara a la familia Espinoza?
Javier dudó apenas un segundo:
—Entiendo.
La familia Espinoza no tenía el mismo peso que los Rodríguez, pero tampoco era cosa menor, sobre todo si se trataba de Iker.
Si volvían a dejar plantados a los Espinoza y los hacían enojar, la abuela no iba a poder con el paquete.
Mientras tanto, Eleonor estaba retenida por los guardaespaldas. No estaba tan cerca, así que no alcanzaba a escuchar con claridad de qué hablaban Alma y Javier.
Aunque, la verdad, tampoco hacía falta ser un genio para adivinar que no tramaban nada bueno.
Muy probablemente, su divorcio con Fabián ya era de dominio público.
En ese momento, Javier se acercó a ella. Con solo levantar la mano, les indicó a los dos guardaespaldas que la sujetaban que la metieran al carro.
A lo largo de los años, Eleonor ya conocía de sobra las mañas de la anciana, pero jamás imaginó que se atreviera a actuar tan descaradamente en un lugar como el Chalet La Brisa Marina.
—Tú igual que Davi, siempre cayendo en sus trampas. ¿Cuándo ha dicho una sola verdad esa mujer desde que era niña?
—Todos ustedes, hombres, siempre se dejan engañar por ella.
Desde pequeña, Eleonor había sido experta en fingir inocencia.
En la vieja casa de los Rodríguez, uno a uno, todos habían caído en sus juegos.
Las empleadas, al verla tan dócil, casi siempre le perdonaban los castigos cuando Alma no las vigilaba.
Y a escondidas, no faltaba quien murmurara que Alma era demasiado cruel, que ni a una niña tan tranquila perdonaba.
Lo mismo con aquella vez que Davi casi la viola y terminó mandado al extranjero. Alma estaba convencida de que todo había sido una trampa perfectamente planeada por Eleonor.
De otro modo, ¿cómo iba a ser tanta casualidad que, con la casa llena de invitados, Davi se metiera con ella en una habitación y, antes de hacerle nada, se desmayara?
Ese recuerdo le revolvía el estómago a Alma.
Esa mocosa, igual que sus padres, siempre había sido su talón de Aquiles.
Por eso, Alma ni siquiera intentaba escuchar los consejos de Javier. Para ella, todo volvía a ser una jugarreta más de Eleonor.

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