En ciertos círculos, algunos juniors no dejaban de alabar la cara y el cuerpo de Eleonor, como si no existiera alguien más en el mundo. Decían que, con solo mirarla, uno se daba cuenta de que era una flor inocente y pura.
Pero, al verla en persona…
No era para tanto.
Y, para ser sinceros, de inocente no tenía nada. Ese vestido con escote en V profundo casi dejaba todo al descubierto.
La verdad, se notaba que quería llamar la atención.
Alma notó que él no estaba nada conforme, pero en situaciones como esa, ni siquiera necesitaba decir nada. Javier se levantó, se acercó al señor Espinoza y le susurró unas palabras al oído.
Los ojos del señor Espinoza se iluminaron de inmediato.
—¿Es cierto eso?
—Por supuesto.
Javier sonrió, tranquilo.
Virginia, que no entendía del todo qué estaba pasando, empezó a sospechar cuando el tipo feo a su lado comenzó a ponerse mano larga.
¡La abuela de la familia Rodríguez la había vendido!
Y todo por culpa de Eleonor, que se había negado a cooperar.
A mitad de la cena, aprovechando que el tipo desagradable fue al baño, Virginia se armó de valor y encaró a la anciana:
—Señora, ¿qué pretende con esto? Yo solo acepté ayudarla contra Eleonor, nunca dije que iba a vender mi cuerpo…
—¿Tú en serio crees que tu cuerpo vale tanto?
Alma le lanzó una mirada a Javier, quien de inmediato arrojó un fajo de fotos sobre la mesa, justo delante de Virginia.
Ni siquiera alcanzó a tomar las fotos, apenas posó la mirada sobre ellas y sintió que el corazón se le detenía. De prisa, metió todas las fotos en la bolsa.
—¿Me investigó?
Y no solo eso, ¡habían investigado casi diez años de su vida!
Alma solo sonrió, sin molestarse en dar explicaciones. Eso bastó para que Virginia se calmara de inmediato.
Al terminar la cena, tomó su bolso, tragó su disgusto y se fue del brazo del casi desfigurado señor Espinoza.
Pero esa cuenta, sin duda, la anotó contra Eleonor.
—¿Por qué llegas a esta hora?
Renata la miró de arriba abajo, con los ojos llenos de sospecha. Al ver la ropa arrugada de Virginia, frunció el ceño.
—No me digas que andabas de cita con algún hombre por ahí.
Esa mujer, siempre fue de reputación dudosa.
Primero se embarazó para obligar el matrimonio con su hijo mayor; luego, apenas enviudó, ya andaba enredada con el hijo menor. Y ahora, parecía que volvía de pasar la noche con otro amante.
Virginia no esperaba encontrarse con ella de frente. Se quedó helada un instante, y luego respondió, molesta:
—¿De verdad piensa que soy ese tipo de mujer? Yo solo…
—¡Mamá!
Ángel Valdés bajó corriendo las escaleras y se lanzó a sus brazos, abrazándola con fuerza.
Eso le devolvió a Virginia la confianza.
—Tranquila, señora. Por encima de todo, sigo siendo la madre de Angelito. Por él, jamás haría algo de lo que avergonzarme.

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