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Mi Marido Prestado romance Capítulo 346

Cuando ella subió al carro y el vehículo blanco salió del estacionamiento, Rufino por fin se dispuso a irse.

Apenas había arrancado, cuando alguien tocó la puerta.

Bajó la ventana y miró de reojo a Benicio.

—¿Tan libre es tu trabajo en el hospital? ¿Ya saliste a esta hora?

Benicio guardó silencio un momento. Sabía que, aunque su familia había aceptado que fuera médico, en el fondo no estaban del todo de acuerdo. Aguantó las ganas de darse la vuelta y marcharse. Por el bien de su hermano, decidió bromear para relajar el ambiente.

—Hermano, ¿acabas de cenar con Ellie?

Ya sabía la respuesta, pero quiso provocar.

Rufino tamborileó los dedos sobre el volante.

—¿No estabas tú con Iker espiando desde arriba?

Eleonor estaba tan concentrada en esos papeles que ni se enteró. Pero Rufino sí lo había notado desde el principio.

Benicio se sobresaltó, pero no lo negó. Mejor aprovechó para preguntar:

—¿Y de qué platicaron tú y Ellie?

Rufino le contestó con otra pregunta:

—¿Quién te mandó a fisgonear?

Era obvio que él y Iker no podían ocultar nada.

Benicio ni se inmutó. Recargado en el carro de al lado, de inmediato echó de cabeza a Iker.

—¿Quién más? Fue idea de él.

—Hablamos del proyecto —respondió Rufino, sin darle importancia, protegiendo así la privacidad de Eleonor. Luego le advirtió—: Ya no andas con la chica de la familia Herrera, ¿verdad? La hermana mayor viene a Frescura en estos días. Mejor ni te le pongas enfrente.

Benicio sintió un escalofrío en la cabeza.

—Ya entendí.

La hermana mayor de la familia Estrada no solo lo intimidaba a él; toda la familia le tenía respeto.

Desde los abuelos hasta las tortugas en el estanque del patio, todos hacían caso a lo que ella decía.

Una brisa suave de inicio de verano le acarició el rostro. Parado bajo la noche, por un instante se quedó aturdido. Luego, recobró su porte elegante y despreocupado, y entró al restaurante con paso relajado.

...

De regreso en Jardines de Esmeralda, Eleonor apagó el carro en el sótano y permaneció mucho tiempo sentada, sin bajarse.

Los papeles en el asiento de al lado, ya revisados, pesaban en su pecho como una piedra. Le costaba hasta respirar.

La poca esperanza que tenía se había esfumado. No sabía cómo enfrentaría a Iker de ahora en adelante.

Tampoco tenía claro cómo rendir cuentas ante sus padres, ya fallecidos, ahora que debía enfrentarse a un monstruo como la familia Rodríguez.

Perdida en sus pensamientos, no notó que alguien abrió la puerta del copiloto.

Eleonor volteó y se sorprendió:

—¿Qué haces aquí?

—Acabo de llegar y vi que tu carro tenía las luces prendidas.

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