Justo cuando Fabián iba a abrir la boca, las puertas del elevador se abrieron de golpe.
La conversación se cortó en seco. El aire dentro del elevador, denso y pesado, parecía que podía aplastarlos.
Eleonor bajó la mirada, en completo silencio. Iker, por su parte, tenía una expresión tan sombría que asustaba. Fabián, atrapado entre los dos, ni siquiera sabía a quién intentar calmar, así que optó por quedarse callado.
Al llegar al piso, Fabián miró a Eleonor y le dijo con voz suave:
—Si necesitas algo, búscame en cualquier momento.
Después de eso, fue el primero en salir del elevador.
Adentro, los otros dos seguían en extremos opuestos, como si fueran completos desconocidos.
Eleonor ni siquiera intentó explicar nada.
Que él la malinterpretara estaba bien. Ese tipo, tan arrogante y orgulloso, seguramente no querría volver a enredarse con alguien como ella, que siempre había puesto su corazón en bandeja. Mejor así.
Tampoco tendría que preocuparse más por ese acuerdo ridículo que los mantenía atados.
Entre ellos, pronto no habría más lazos, nada que los uniera.
Eso era lo mejor.
No iba a sentir tanto dolor. Al fin y al cabo, ya se habían separado una vez. Ella ya sabía cómo era vivir sola, ya estaba acostumbrada a su propia compañía.
Así, cuando llegara el día en que tuviera que vengar a sus padres, Iker podría odiarla con libertad, sin remordimientos.
Eso, al final, sería lo más sano para ambos.
...
Cuando el elevador llegó al piso veintidós, Eleonor no esperó ni medio segundo. Apenas se abrieron las puertas, salió pisando fuerte, como huyendo de un incendio.
Sentía que estaba a punto de romperse, pero no pensaba dejar que Iker la viera así.
Iker notó cómo ella se alejaba de él como si fuera la peste. Su expresión se endureció aún más. Salió del elevador y, sin mirar atrás, caminó en dirección opuesta.
Ya no le quedaba paciencia. Que hiciera lo que quisiera.
¿Quiere regresar con Fabián? Pues que lo haga.
¿Qué tanto era gastar en un regalo para la boda? Tenía suficiente para eso. Nunca había sido tacaño con ella.
Hasta pensó en prepararle un regalo aún más grande que el de la primera boda.
Pero, al abrir la puerta de su casa, lo primero que vio fueron las pantuflas de Eleonor junto a la entrada, esas que solo ella usaba. El corazón se le encogió de golpe, y toda su lógica se esfumó.
Sin pensarlo, dio media vuelta y salió decidido hacia donde ella estaba.


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