De lo contrario, ahora no estaría a su merced de esta manera.
—¿Y qué con la empresa? —soltó ella, con la voz tensa.
El hombre exudaba una seguridad descarada. Sus labios, tras separarse de los de Eleonor, empezaron a dejar pequeños besos en el arco de sus cejas y alrededor de sus ojos.
—Eleonor, si te atreves a casarte de nuevo con Fabián, no solo te voy a besar así en la empresa.
Se acercó aún más, murmurando con atrevimiento:
—Voy a ir a su boda, a su casa… —y, casi sin contenerse, añadió—: ¿Me crees capaz de besarte así delante de Fabián?
—¿Estás loco o qué? —explotó Eleonor, perdiendo la paciencia. Sin pensarlo, le soltó una patada directa a la espinilla—. Iker, ¿qué demonios quieres de mí?
—¡Ay! —Iker no se esperaba que ella fuera tan dura. Sin defensa alguna, la patada le dio de lleno.
A pesar del dolor, Iker soltó una carcajada llena de rabia.
—¿Que qué quiero? ¿De verdad no te das cuenta? ¿No lo sientes?
No necesitaba decir más.
Él la quería.
No había nada más que desear.
…
Al escuchar eso, la expresión de Eleonor se congeló.
Sí.
Ella ya lo había entendido. Ese día, él se lo había dejado clarísimo.
Y, la verdad, ella casi había cedido. Estuvo a punto de dejar todo lo pasado atrás con él.
Pero ahora… no podía convencerse a sí misma.
Había pasado tantos años siendo cautelosa y reservada, que ya no ponía el amor, esa cosa tan volátil y confusa, como prioridad.
Siempre supo que era mejor esconder su fuerza y aguantar. Ahora, igual, sabía muy bien lo que debía hacer.
Eleonor lo miró de frente, respiró hondo y, de repente, lanzó la pregunta que tenía clavada:
—Iker, si tu abuelita y yo nos caemos al agua al mismo tiempo, ¿a quién salvas?
Las mujeres de la generación de Susana Castillo —la abuelita de Iker—, rara vez sabían nadar.
Iker también lo sabía. Su abuelita era, como decían, un “pato de tierra”.


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