—Está bien, está bien, está bien.
Susana disfrutaba escucharla platicar y aceptó con una sonrisa de oreja a oreja.
—Cuando tengas un tiempo libre, ¿por qué no vienes a casa a pasar el rato?
—Claro, me encantaría.
Eleonor aceptó sin pensarlo.
—Aunque probablemente habrá que esperar un poco, ahora tengo muchísimo trabajo encima.
Entre el consultorio, el laboratorio y los proyectos de ayuda social, no tenía ni un respiro.
Pero en cuanto el medicamento se lanzara al mercado, podría relajarse por fin, aunque fuera un poco.
Susana la observó con atención, notando lo delgada que estaba.
—Entonces, ¿este fin de semana estarás en casa? Te voy a preparar unas empanadas y te las llevo.
—Perfecto.
A Eleonor le fascinaban las empanadas que preparaba la señora, así que aceptó encantada, sin hacerse del rogar.
Susana, antes de irse, le pidió que se cuidara mucho, y luego salió con la receta en la mano.
...
Al mediodía, Eleonor revisó la hora y pidió a la enfermera que agendara a varios pacientes más.
No pudo salir del consultorio sino hasta pasadas las tres de la tarde. Buscando algo rápido, entró en una fonda cercana y pidió un plato de pasta. Con el estómago contento, se subió a su carro y se dirigió directo al Chalet La Brisa Marina.
La hija mayor de la familia Estrada había visitado Frescura esa mañana, así que Eleonor y Yolanda Estrada acordaron la cita de tratamiento para la tarde, evitando así interrumpir la plática madre-hija.
Para entonces, Eleonor ya era bien conocida por los empleados de los Estrada.
Apenas estacionó el carro frente a la entrada, un empleado salió a abrirle la puerta.
—Doctora Muñoz, bienvenida.
—Gracias.
Ella respondió con una sonrisa y entró a la casa. Cuando pasó por la sala, se topó de frente con la hija mayor de los Estrada.
Era su primera vez viendo a una mujer de poco más de treinta años con un aura tan fuerte. Llevaba el cabello recogido en un moño perfectamente acomodado, la postura erguida y el semblante tan severo que imponía respeto.
No era de extrañar que tuviera tanta influencia dentro de la familia.
Eleonor se preparaba para saludarla cuando notó que la mujer observaba absorta la foto familiar del salón. Eleonor decidió entonces seguir de largo en silencio, rumbo a la escalera para empezar el tratamiento.
Pero justo antes de que pudiera irse, Simona Estrada recobró el sentido y la miró de frente.
—Usted debe ser la doctora Muñoz, ¿verdad? Soy Simona, la hermana mayor de Rufino.
Eleonor le dedicó una sonrisa cortés.
—Mucho gusto, señorita Estrada.


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