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Mi Marido Prestado romance Capítulo 381

Iker frunció el entrecejo, visiblemente molesto.

—Déjala, si a ella le gusta ese juego, yo no puedo hacer nada.

Si no fuera porque siempre caía en esas trampas, hace años Fabián no la habría tenido tan confundida.

Entre más lo pensaba, más fastidio sentía Iker. No esperó a que César dijera algo más, se levantó de golpe con el ceño endurecido.

—Vamos, maneja. Llévame a Jardines de Esmeralda.

...

Cuando Eleonor salió de la casa de la familia Jiménez, Oliver aún le ofreció llevarla.

Ella ni lo pensó y lo rechazó al instante.

Regresó sola a su departamento. Al llegar, encontró a Fabián parado afuera de su puerta, cargando un termo con comida.

—Blanca se enteró de que ahora vivo en tu edificio, justo abajo de ti. Preparó varios de tus platillos favoritos y me pidió que te los trajera.

Durante los tres años de matrimonio, de toda la familia Valdés, la persona que más la había cuidado en cosas cotidianas era Blanca.

Eleonor echó un vistazo al tamaño del termo y supo que ni ella ni Florencia podrían acabarse todo eso. Por cortesía, preguntó:

—¿Ya comiste? ¿Quieres quedarte a cenar?

—¿En serio puedo?

En los ojos de Fabián se encendió un brillo, pero no aceptó enseguida. Se le notaba cierta incertidumbre cuando preguntó.

Por un momento, Eleonor recordó al Fabián de su infancia.

Siempre había sido así: cauteloso, con esa pizca de timidez en la mirada.

Eleonor apretó ligeramente los labios.

—Solo es una comida, no le veo problema.

—Entonces no me voy a hacer el difícil.

Fabián sonrió de forma cálida y entró con ella al departamento.

Mientras Eleonor abría el mueble para sacar unas pantuflas, Fabián notó un par de sandalias de hombre, del número justo para él, y señaló:

—Creo que esas me quedarían.

—Esas no.

La negativa de Eleonor fue tajante. Al decirlo, notó que su tono había sido brusco, así que se apuró a explicar:

—Son de mi hermano. Tú sabes cómo es, le gusta que sus cosas nadie las toque.

La mayoría de los momentos juntos solo eran para aparentar.

Él, para que ella lo viera. Ella, para dejar bien a la familia Valdés y la familia Rodríguez.

Florencia probó el estofado de cerdo que Blanca había preparado, tan apetitoso que no dudó en servirle un trozo a Eleonor.

—Prueba, es de tus favoritos.

—Gracias.

Eleonor sonrió y levantó el pedazo de carne, pero apenas lo acercó a la boca, una ola de náusea le revolvió el estómago.

Arrugó el entrecejo y dejó la carne en el plato, agarró el vaso de jugo de naranja y bebió un trago grande hasta que la incomodidad pasó.

Hasta entonces, no había tenido síntomas fuertes del embarazo. No esperaba que justo ese día le cayeran de golpe.

Fabián, siempre observador, se detuvo también.

—¿Te cayó mal? ¿No te gustó?

—Fue mi culpa —dijo Florencia de inmediato, y tomó la carne del plato de Eleonor para comérsela ella—. Se me olvidó que estos días te ha dolido el estómago. No puedes comer nada pesado.

Eleonor, por su parte, tampoco quería que Fabián sospechara de su embarazo.

—Ni tú te preocupes. Ni yo misma me acordaba. Nomás vi el estofado y me dio antojo.

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