Hasta este momento, seguías aferrada a sueños imposibles.
Alma hizo una señal con la mano y, de inmediato, una empleada le vació encima a Virginia un balde lleno de agua helada —con todo y trozos de hielo—, empapándola de pies a cabeza.
—¿Ya se te bajó la necedad, o necesitas otra?
Virginia quedó tan empapada y congelada que perdió casi el sentido; el frío se le coló hasta los huesos, dejándola tirada en el suelo, temblando sin control.
Aun así, Alma no sintió que esa escena le calmara el enojo. Inspiró hondo, sus ojos se oscurecieron mientras dirigía una mirada amenazante a Javier.
—Deshazte de ella ya. Y hazlo bien, que no quede ningún cabo suelto.
No quería verla ni un segundo más. Le parecía increíble haber perdido tanto por culpa de alguien tan inútil.
—Con ese cerebro tan limitado, aún se atrevió a pensar que podía enfrentarse a Eleonor… —murmuró, fastidiada.
Javier vaciló un poco ante la orden.
—Eso sería como declarar abiertamente que no respetamos a la familia Valdés. En la conferencia de hoy, aunque el joven Ángel no dejó que Eleonor te pusiera en evidencia, seguro que tampoco quedó contento. Si actuamos ahora, ¿no estaríamos demasiado expuestos?
—¿Y eso qué importa?
Alma entornó los ojos, la voz baja y segura.
—Él ya está libre.
Javier sabía bien a quién se refería Alma con ese “él”. De toda la familia Rodríguez, solo él y ella conocían ese secreto.
Javier meditó un instante y asintió consigo mismo. Si ese hombre estaba libre, tarde o temprano, ya no sería Ángel quien tomara las decisiones en la familia Rodríguez.
—Llévensela al sótano —ordenó Javier a los empleados.
—Sí, señor.
Justo entonces, otro empleado entró corriendo y anunció con premura:
—Señora, Javier, la señora Valdés acaba de llegar.
Alma frunció el ceño.
—¿A qué viene ahora?
Pensó que alguien inteligente debería esconderse en estos momentos y no aparecerse por aquí. Pero Renata, al parecer, no conocía el significado de prudencia.
—¡Señora!
Renata entró acompañada por el empleado, ignorando el estado lamentable de Virginia en el piso. Con una sonrisa tensa, se apresuró a decir:
—No se moleste, solo vengo a preguntarle algo a ella. Quiero saber si tiene alguna última voluntad.
La noticia del escándalo de la conferencia ya era tendencia en todos los portales de noticias.
Hasta ahora, la familia Valdés solo tenía un heredero: Ángel. Siempre le había parecido un linaje demasiado corto. Por eso, había presionado a Fabián para que se casara de nuevo cuanto antes, buscando asegurar el futuro de la familia.
Pero jamás se le cruzó por la cabeza que fuera Virginia, precisamente, quien le diera otro nieto.
De inmediato, las piezas encajaron. Todos esos días en que Virginia se había quejado de náuseas y malestar, no era por problemas digestivos. Estaba embarazada de verdad.
Solo que ese bebé...
Renata apretó la mandíbula y la miró fijamente.
—¿Desde cuándo? Que yo sepa, Fabián ya no te hace caso. Ni se te ocurra intentar engañarme con cualquier niño que no sea suyo.
—Puedes comprobarlo. —Virginia, aún temblando de frío, le dio el día exacto y el nombre del hotel—. Hay cámaras en ese hotel. Aquella noche… Fabián me confundió con Eleonor.
Renata aspiró hondo, se puso de pie y fue directo a hacer una llamada al rincón de la sala.
Unos minutos después, regresó a grandes zancadas, furiosa, y le lanzó a Virginia una mirada fulminante. Luego, tragándose el coraje, se giró hacia Alma, fingiendo calma y sonriendo con dificultad.
—Señora, sé que no debería pedirle esto, pero por el recuerdo de mi esposo fallecido, le ruego que le perdone la vida.
Al ver que el rostro de Alma se tornaba aún más duro, Renata se apresuró a agregar:
—O, si lo prefiere, déme solo unos meses. Pasado ese tiempo, puede hacer lo que quiera con ella. No volveré a intervenir, lo prometo.

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