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Mi Marido Prestado romance Capítulo 431

El ambiente en la mesa se volvió tenso de golpe, como si el tiempo se hubiera detenido por un instante.

Eleonor entendió perfectamente lo que él acababa de decir, pero dentro de ella surgieron mil dudas y una oleada de incertidumbre.

Por puro instinto, levantó la mirada y lo observó.

Bajo la luz clara del comedor, los rasgos de Iker se veían aún más marcados y duros, su presencia irradiando esa indiferencia que parecía imposible de romper.

Por un momento, Eleonor pensó que tal vez lo que había escuchado solo había sido una ilusión, que quizá esas palabras no salieron de su boca.

Pero cuando él la miró de frente, con esos ojos intensos que parecían no querer soltarla, supo que era verdad.

Sí, era real.

Sentía el corazón arder bajo esa mirada que la envolvía. Sus pestañas temblaron apenas, bajando la vista para evitar ese fuego que la quemaba por dentro.

Algo en su pecho se agitaba con fuerza, y por más que intentara contenerlo, no podía evitarlo.

Amelia, por su parte, no parecía ni un poco avergonzada tras ser rechazada. Con la cara en alto y una sonrisa decidida, soltó:

—Entonces hagamos una apuesta. A ver quién cede primero: tú pensando en mí, o esa persona pensando en ti.

...

Benicio casi se atragantó del coraje, y le reclamó con un tono seco:

—¿No ves que ni siquiera quiere mirarte? Ni comiendo puedes dejar de hablar.

Él más que nadie sabía que Iker jamás pensaría en Amelia de esa manera.

Ese tipo ya estaba perdido por Eleonor, y no había vuelta atrás.

No era la primera vez que Benicio le advertía a Amelia que dejara de soñar despierta. Pero, ¿quién iba a imaginar que, entre más la frenara, más empeño le pondría?

El rostro de Amelia se descompuso al instante.

—¡Benicio! ¿Acaso ya no somos familia?

Ireneo le lanzó una mirada de advertencia a Benicio.

—Tienes siglos sin venir a casa y ahora que vuelves solo haces enojar a tu hermana.

—¿Cuántas hermanas más voy a tener? —Benicio esbozó una sonrisa, pero habló con seriedad—. Solo tengo a la mayor y a Zoe como hermana, nada más.

—¡Papá! —Los ojos de Amelia se pusieron rojos—. ¡¿Ya oíste lo que dice Beni?! Ni él, ni la mayor, ni el otro hermano... Nunca...

Ella había llegado a la familia Estrada desde los siete años, creciendo con todos ellos como hermanos.

Pero al final, parecía que ninguno la veía de verdad como hermana.

A excepción de Ireneo, nadie la tomaba en cuenta.

Yolanda, la madre, se tensó pero no explotó al instante. Benicio, sin cambiar el gesto, se volvió hacia Iker:

—¿Ya terminaste de comer? Ven, te enseño la colección de mi papá. Tiene cosas muy buenas allá arriba.

Ireneo no tenía otro hobby más que juntar antigüedades y rarezas.

Iker arqueó una ceja, aceptando la invitación sin pensarlo mucho.

Apenas ellos salieron, Eleonor supo que ya era momento de retirarse. Se levantó con la sonrisa justa y dijo:

—señora Estrada, señor Estrada, ya terminé de cenar. Me voy arriba, que sigan disfrutando.

Subió las escaleras y, justo cuando iba llegando a la planta alta, escuchó por detrás la discusión en el comedor.

Los sollozos de Amelia se colaban por toda la casa.

Pero Eleonor no se detuvo. Caminó rápido, sin mirar atrás.

Después de todo, era una invitada. Había que saber dónde estaba su lugar.

Estaba a punto de entrar al cuarto cuando sintió una palmada en el hombro. Al voltearse, se sorprendió al ver a Benicio.

—¿Todo bien, Benicio? ¿Qué pasa?

Benicio señaló el interior del cuarto con la cabeza.

—¿Te has acostumbrado a vivir aquí?

—Sí, bastante.

Lo curioso era que siempre le costaba dormir en camas ajenas, pero aquí lograba descansar como nunca.

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