Las personas capaces de armarle una jugada tan elaborada como esa se podían contar con los dedos de una mano.
La primera era Virginia, pero ella no tenía tanta capacidad para manipular la opinión pública.
El segundo era Leonardo Molina.
El Grupo DK, en sus primeros años en el extranjero, se había hecho famoso justo a base de escándalos y mover la opinión pública a su favor; ese tipo de maniobras las dominaban a la perfección.
Además, si Leonardo en verdad tenía algún vínculo con Joel, entonces todo esto iba dirigido a ella, y lo más probable era que el Grupo Rodríguez estuviera pagando los platos rotos por su culpa.
...
La chica parecía recién despertada, su cabello negro, tan suave como la seda, caía desordenado sobre su pecho, sus facciones mostraban un leve aire de sueño y sus mejillas, tersas y sonrosadas, resaltaban aún más por el rubor del despertar.
Daba la impresión de ser una niña buena.
Iker recorrió con la mirada su figura de arriba abajo y, al notar que tenía los pies descalzos, frunció el ceño con preocupación.
—¿No tienes frío en los pies?
—¿Eh?
Eleonor ya se había preparado mentalmente para cualquier regaño o sermón, tenía las explicaciones en la punta de la lengua, pero jamás imaginó que Iker le saldría con una pregunta tan fuera de lugar.
Iker, sin embargo, ni parecía tener ganas de discutir. Entró al cuarto, pasó junto a ella y, sin más, levantó las pantuflas que estaban junto a la cama para dejárselas a sus pies.
—El frío entra por los pies. Ponte las pantuflas, no andes descalza.
Al oírlo, Eleonor cayó en cuenta de lo que hacía.
De niña le fascinaban los helados, tanto que desde que le llegó la menstruación, cada mes sufría retorcijones tan fuertes que la dejaban tumbada en la cama.
Álvaro Osorio la había ayudado con remedios, pero siempre le recalcaba que no comiera tantas cosas frías y que cuidara no enfriar los pies.
Ella nunca le hizo mucho caso, pero Iker sí aplicaba esa regla a rajatabla.
En invierno le prohibía tomar bebidas frías, en verano le limitaba el consumo y ni hablar de andar descalza sobre el piso de mosaico.
Por un instante, Eleonor se quedó pensando, pero obedeció y se puso las pantuflas. Mientras lo hacía, murmuró:
—Las embarazadas ni reglas tienen, no pasa nada.
Y además, sin nadie vigilando, nunca había tenido la costumbre de privarse de nada.
Cuando le dolía, se ponía una inyección o preparaba alguna infusión, y con eso quedaba como nueva.
Iker notó que ella andaba distraída y, adivinando el motivo, preguntó con voz grave:
—¿Viste lo que está pasando en internet?
—…Sí, ya lo vi.
Eleonor respiró hondo, a punto de disculparse, pero Iker se le adelantó:
—No te mortifiques por eso, el departamento legal y el de relaciones públicas ya están ocupándose.

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