En ese momento, Virginia sentía que el odio hacia Eleonor le ardía en las entrañas.
¿Por qué esa maldita siempre tenía a alguien que la ayudara en los momentos clave?
Iker, Fabián… y ahora hasta la familia Estrada, ¡y todos ellos se esforzaban en protegerla!
Si al menos Eleonor hubiera muerto en aquel accidente de carro, entonces que la arrestaran ahora tendría sentido. Pero no, la muy desgraciada seguía viva y tranquila, mientras que ella era la que iba a pagar los platos rotos.
Al ver que Virginia no se movía, uno de los policías frunció el ceño y le advirtió con voz firme:
—Aquí todos están mirando. Si nos obligas a llevarte a la fuerza, vas a quedar en ridículo.
A fin de cuentas, Virginia era parte de la familia Valdés. Nadie quería que el asunto se saliera de control y terminara en escándalo.
Virginia miró a su alrededor, esperando que Amelia apareciera para salvarla, pero como no la veía por ningún lado, perdió toda esperanza y musitó, temblorosa:
—E-Está bien, me voy con ustedes.
—Un momento.
Apenas terminó de hablar, Amelia apareció de la nada y se acercó a Yolanda para susurrarle algo al oído.
El cuerpo de Yolanda, que tenía la mano apoyada en el reposabrazos de la silla, tembló visiblemente. Miró a Virginia, luego a Amelia, con una expresión incrédula.
—¿Qué dijiste?
Eleonor, que había estado observando, sintió que algo raro pasaba. Vio que Amelia le lanzó una mirada rápida y luego dijo en voz alta:
—Mamá, esto es algo muy serio. ¿No crees que deberíamos pedirles a los que no son de la familia que salgan?
—O mejor, ¿por qué no vamos todos a la sala de reuniones familiar?
La sala de reuniones quedaba cerca, al fondo del pasillo.
El rostro de Yolanda empalideció, pero logró mantener la compostura para decidir:
—Vamos a la sala de reuniones.
Luego volteó hacia una empleada y le pidió que llamara a Ireneo y a los abuelos para que se unieran.
En pocos minutos, todos los miembros importantes de la familia Estrada entraron en la sala de reuniones.
Yolanda fue la última en entrar. Antes de cerrar la puerta, miró a Eleonor y le tomó la mano suavemente.
—No te preocupes. Pase lo que pase, te daré una explicación.
Sin embargo, en el fondo, lo que Amelia le había susurrado le parecía una broma de mal gusto.
No podía creerlo.
Eleonor no tenía ni idea de lo que estaba pasando, pero entendía que era un asunto de la familia Estrada, así que asintió.
—Está bien, los espero aquí afuera. Si necesitan algo, llámenme.
Yolanda se veía inquieta mientras cerraba la puerta.
Rufino y Benicio se quedaron en el salón principal para seguir atendiendo a los invitados de la fiesta.
...
Dentro de la sala de reuniones, el aire se podía cortar con cuchillo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Marido Prestado