Benicio dejó los cubiertos sobre la mesa, ya sin ganas de seguir aguantando.
—Tú, que ni de la familia eres, ¿de dónde te salen tantas quejas? Si la hermana mayor habla, mejor escucha y ya.
En serio, ¿qué se creía esa mujer? Como si fuera indispensable.
Por dentro, él solo esperaba que la hermana mayor se diera prisa y aclarara todo este lío.
Virginia era su hermana. ¡Vaya cruz! Solo pensar que, en adelante, esa sería la mancha más grande de su vida, la que nunca podría borrar. Ni se atrevía a imaginar la cara de Iker cuando regresara en la tarde a Frescura; seguro ese desgraciado se iba a burlar de él hasta el cansancio.
Su comentario imprudente de “no eres de la familia” terminó por desatar el caos en la mesa.
Amelia se desmoronó de inmediato; entre lágrimas, miró a Ireneo Estrada y le reclamó con voz temblorosa:
—¡Papá! ¿Ya escuchó lo que dice Beni? ¡Perfecto! Ahora que Zoe apareció, parece que ya no hay espacio para mí en esta familia, ¿verdad?
…
Yolanda, después de escuchar lo que Simona había dicho, pidió a la empleada que la llevara de regreso a su cuarto.
La tensión en el comedor podía cortarse con cuchillo y tenedor.
Antes de que Ireneo pudiera decir algo, Leopoldo golpeó la mesa de pronto. Su rostro, ya de por sí serio, se endureció aún más con un gesto de enfado.
—¡Llorando y llorando! Si de veras crees que la familia Estrada no te acepta, puedes irte cuando quieras.
Después de haberla cuidado más de veinte años, ¿ahora tenía que aguantar que lo acusaran así? Ni siquiera podía aspirar a que le agradecieran.
Leopoldo también sentía que esto era una injusticia.
Siempre con su drama, como si todos le debieran algo. Esa actitud no era más que una muestra de lo poco que había aprendido a lo largo de los años.
Antes, Leopoldo ni siquiera se molestaba en intervenir en los pleitos menores de la casa. Pero esta vez, soltó la frase que dejó a Amelia en shock, tanto que se le olvidaron las lágrimas.
Irse de verdad…
Si salía de la familia Estrada, ¿qué sería de ella en Aguamar?
Lejos de calmarse, Benicio aprovechó para lanzarle otra estocada, sonriendo y señalando hacia el patio.
—¿Escuchaste? El abuelo dice que te puedes largar ya mismo.
—Ya basta, chamaco.
Ireneo sentía por su hijo menor una mezcla de orgullo y frustración.
Todos los hijos de la familia Estrada habían sido educados para ser tranquilos y respetuosos, menos este muchacho, que siempre tenía que llevar la contraria.
—Señor… volvió la señorita.
Todos en la familia Estrada se quedaron de piedra.
Nadie esperaba que ella saliera tan rápido de la comisaría.
Simona, casi de forma automática, miró alternadamente a Amelia e Ireneo. Seguramente pensaba que alguno de los dos había movido influencias para liberarla.
Ireneo negó con rapidez.
—Tu mamá puede decirlo: anoche no hice ni una sola llamada.
La noche anterior, Yolanda había estado muy alterada, así que él no se había separado de su lado ni un segundo, por miedo a que hiciera alguna locura, como en el pasado.
Amelia también se encogió de hombros.
—¿Yo? Si soy una extraña, ¿cómo iba a tener ese poder?
—Fui… fui yo…
Virginia apretó las manos, un gesto de nerviosismo, y al fin se atrevió a hablar:
—Estoy embarazada, por eso me dejaron salir antes.

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