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Mi Marido Prestado romance Capítulo 469

Ella de verdad no soportaba a Virginia.

Pero Yolanda… Yolanda sí que era una gran persona.

—Ellie —llamó Yolanda.

La voz suave de Yolanda logró aliviar un poco su pesadez. Su tono incluso adquirió un matiz alegre—: Hoy mismo regreso a Frescura. Cuando acomodes tus tiempos, puedes venir a Chalet La Brisa Marina para seguir con mi tratamiento cuando quieras.

Eleonor no pudo ocultar su sorpresa.

—¿Tan rápido?

Eleonor podía percibir lo profundo del cariño y la culpa de Yolanda hacia su hija menor. Por lógica, después de reencontrarse con ella, lo normal habría sido que Yolanda se quedara unos días con la familia en la casa antigua.

Yolanda captó la intención detrás de sus palabras, pero no dijo más. Sonrió y bromeó:

—¿Qué pasa? ¿No me digas que ya no quieres tratar conmigo?

—¿Cómo cree?

Eleonor ni dudó.

—Le prometí que le iba a curar la pierna, y lo voy a hacer hasta lograrlo.

Paradójicamente, eso no le trajo alivio a Yolanda.

Porque esas palabras, en el fondo, marcaban una distancia: de ahora en adelante, entre ellas solo habría la relación de médico y paciente. Y, en realidad, ese era el propósito de Eleonor.

De no hacerlo así, con todos los enredos y resentimientos que tenía con Virginia, pondría a Yolanda en una situación aún más incómoda.

Terminada la llamada, Eleonor dejó el celular a un lado y, sin querer, pensó en sus propios padres.

¿Dónde estarían?

¿Alguna vez, sus padres… la habrían extrañado como la familia Estrada extrañó a Zoe Estrada? ¿Pensarían en ella?

...

Aeropuerto de Frescura.

El avión aterrizó suavemente, dejando una larga estela blanca en el cielo.

Florencia Herrera se quitó los lentes oscuros. Arrastrando su maleta, avanzó con paso firme hacia la salida, como si dominara el lugar.

Desde lejos, Benicio la reconoció de inmediato.

Primero, porque la conocía. Segundo, porque era imposible no notarla.

A diferencia de la tranquilidad de Eleonor, Florencia tenía facciones intensas, tan vivaces que rozaban lo desafiante. Su cabello largo y ondulado caía en cascada sobre los hombros. La blusa de seda color vino realzaba su tono de piel, y la llevaba metida apenas en unos jeans perfectamente ceñidos.

Cada vez que caminaba con decisión, dejaba ver un tobillo fino y delicado, como si cada paso marcara el ritmo del corazón de Benicio.

Ahora, comparada con la época universitaria, Florencia irradiaba aún más seguridad y desparpajo. No quedaba rastro de aquella joven insegura y sensible de antes.

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