O mejor dicho, a Eleonor no le apetecía en absoluto tratar demasiado con Oliver en privado.
La última vez, Oliver anduvo sonsacándola para sacarle información, a veces de forma directa, a veces disfrazando sus preguntas. Eso la había dejado a la defensiva.
—Está bien.
Nil, adivinando sus reparos, no insistió en que le hiciera ningún favor.
Sin embargo, compartió lo que sabía.
—La vez pasada aproveché para preguntarle a mis papás. Oliver sí es amigo de ellos desde hace mucho. Aunque se fue al extranjero hace años, siempre se han mantenido en contacto.
Mientras hablaba, Nil le acercó el plato de costillas agridulces que tanto le gustaban a Eleonor.
Ella le sonrió, y sintió cómo se le aflojaba un poco la tensión en el pecho.
—Me tranquiliza saber eso.
—Te lo cuento solo para que no estés tan tensa —le dijo Nil—. Pero de todos modos, mejor mantener los ojos bien abiertos.
Esa advertencia le dio a Eleonor la tranquilidad que necesitaba. Sonrió y soltó una broma.
—¿No te molesta que no le dé el gusto a tus papás?
—¿Por qué habría de molestarme? —Nil soltó una risa—. Eres doctora. Él es paciente. A menos que sea algo fuera de lo común, lo que tú decidas va primero.
Atenderlo en su casa ni siquiera era parte de las obligaciones de Eleonor. Si aceptaba, era por cortesía. Si no, también tenía todo el derecho de negarse.
Lo que Eleonor no se imaginó fue que, aunque le dijo que no, Oliver terminaría buscándola por su cuenta.
...
Tras la comida, Eleonor tomó el carro y condujo hasta el Chalet La Brisa Marina.
Yolanda, enterada de su visita, la esperaba sentada en el patio, siguiendo la recomendación de la doctora de tomar el sol un ratito.
Aunque Eleonor le había avisado que iría, Yolanda conocía bien las historias entre ella y Virginia. Hasta no verla llegar, no se quedaba tranquila.
En el fondo, Yolanda sabía que si Virginia era su hija, la familia Estrada le debía mucho a Eleonor. Era una deuda que no podían ignorar.

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