Podía permitirse mantener a un niño.
—Fui yo.
Eleonor no sentía que fuera algo de lo que avergonzarse; al fin y al cabo, ya había pasado por la peor de las humillaciones.
Parpadeó y confesó con sinceridad:
—Pero no fue por estar cegada de amor, sino por conseguir un poco de libertad.
—¿Libertad?
Un segundo después de repetirlo, Iker comprendió. Sintió como si una esponja empapada de agua le obstruyera la garganta y le impidiera decir una sola palabra.
El arrepentimiento lo inundó, abrumador. Por suerte, la luz intermitente dentro del carro ocultó a la perfección la oscuridad que se había apoderado de su mirada.
En aquel entonces, él había creído que ella estaba perdidamente enamorada de Fabián.
Jamás se le ocurrió que esa fuera la razón.
¡Que fuera por eso!
Con los ojos enrojecidos, Iker le besó la frente y susurró:
—Nuestra Nana ha sufrido mucho estos años.
—Tú también has sufrido mucho.
Eleonor lo sabía.
Desde que Alejandra Delgado le contó que Iker había estado a punto de morir, supo que su vida tampoco había sido fácil.
El ambiente se había vuelto innecesariamente sentimental. Eleonor no quería que él se sintiera culpable por eso, así que cambió de tema.
—Creo que antes no me respondiste una pregunta.
Iker la miró con ternura.
—¿Qué pregunta?
—Si me ayudas a conseguir las pruebas contra esa señora, ¿no te da miedo que la gente hable mal de ti?
A Eleonor no le importaba si su propia reputación salía perjudicada.
Después de todo, se trataba de vengar a sus padres. Si con eso se ganaba la reputación de traidora o malagradecida, estaba dispuesta a aceptarlo.
Pero este asunto, en principio, no tenía nada que ver con Iker.
Iker vio la evidente preocupación en los ojos de ella. Estaba a punto de responder cuando el separador central bajó un poco y la voz de César llegó desde el asiento del conductor.
—Señor, la señora se enteró de que se mudó a Jardines de Esmeralda. Ya está allí, incluso le ha preparado la cena.
—Entendido.

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