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Mi Marido Prestado romance Capítulo 513

Sobre todo con espasmos oculares y cosas por el estilo.

—Ejem. —Benicio tosió, tapándose la boca con el puño—. No, gracias, es que no he descansado bien.

Luego, miró a Susana y preguntó con doble sentido:

—Abuela, le debe de doler mucho el tobillo, ¿verdad? ¿Es un dolor casi insoportable?

Susana fingió no haber oído.

¡Estos dos mocosos!

Eleonor, en cambio, se preocupó.

—Señora Castillo, usted…

—¡Tranquila, estoy bien! —Susana tomó la mano de Eleonor, que estaba helada por la bolsa de hielo—. Ellie, me aburro mucho viviendo sola aquí, y ahora que estoy lesionada, ni siquiera puedo salir.

Mientras hablaba, miró a Eleonor y dijo con algo de vergüenza:

—¿Podrías quedarte conmigo un tiempo?

Eleonor se quedó sorprendida.

No era gran cosa. Chalet El Roble Dorado era la casa de Iker, y hasta los sirvientes eran los mismos que conocía.

Sin embargo, dudó.

—¿Quiere que le diga a Iker que venga a quedarse con usted?

—¿Él? —resopló Susana, demostrando su descontento con su nieto—. Está muy ocupado, ¿de dónde va a sacar tiempo para mí? Y cuando viene, aparece y desaparece como un fantasma.

Vaya.

Benicio escuchaba atónito.

Por dentro, no podía evitar sentir lástima por Iker.

No era que Iker no pasara tiempo con su abuela, sino que la abuela lo encontraba un solterón y le molestaba tenerlo cerca.

Eleonor, sin saber la verdad, sonrió y preguntó casualmente:

—¿No suele venir por aquí?

«Claro que viene», pensó Benicio, «especialmente ahora que te vas a mudar tú».

Justo cuando iba a responder, Susana lo interrumpió con un gesto de la mano.

—¡No viene! No tiene tiempo. No te preocupes, solo estaremos nosotras dos.

—…

Benicio no pudo más que admirar su astucia.

El agua caliente cayó sobre sus manos mientras él, inclinado, se las lavaba con suavidad.

Ya no sentía frío, sino un calor agradable.

Un calor que aceleró los latidos de su corazón. Giró la cabeza y vio el perfil afilado y perfecto del hombre.

Sus pestañas, largas y espesas, caían ligeramente. Su nariz era recta y sus labios estaban apretados con concentración mientras le lavaba las manos, como si estuviera tratando un tesoro recién recuperado.

Mientras lo miraba, sin darse cuenta, lo llamó:

—Hermano.

Sintió claramente cómo los dedos del hombre que la sostenían temblaron ligeramente, y su mandíbula se tensó.

Luego, respondió con voz grave:

—Dime.

El hombre que antes siempre la obligaba a llamarlo hermano, ahora parecía… nervioso.

A Eleonor se le ocurrió una idea. Escuchando el sonido del agua, lo miró y volvió a llamarlo:

—¿Hermano?

***

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