Rufino, al verla tan serena, sintió el impulso de preguntarle, como lo haría un hermano:
—¿De verdad ya lo superaste?
Por alguna razón, no quería que ella tuviera que fingir una sonrisa. Era como si, con una sola palabra de descontento por parte de ella, él hubiera buscado la manera de impedirlo todo.
Eleonor pudo sentir su genuina preocupación y no pudo evitar sonreír.
—De verdad lo superé.
Ahora su vida era buena, muy, muy buena.
Por eso, no tenía ganas de preocuparse por las decisiones que tomaran los demás.
Si las cosas se daban, ella y Fabián quizás podrían seguir siendo amigos. Y si no, tampoco importaba.
Terminar en buenos términos estaba bien.
Claro, tampoco iba a ser tan magnánima como para seguir siendo su amiga si Fabián y Virginia se casaban.
Ese par la había hecho sentir incómoda demasiadas veces. Especialmente Virginia, que había intentado acabar con ella en repetidas ocasiones.
Al verla así, Rufino por fin se sintió tranquilo y le hizo un gesto para que comiera el pastel.
—¿Te gusta este sabor?
Eleonor pensó en responder por cortesía que sí le gustaba, pero al sentir que a Rufino de verdad le importaba su respuesta, parpadeó y preguntó:
—¿Quieres que te diga la verdad?
Rufino, al ver la naturalidad de su expresión, sintió unas ganas repentinas de acariciarle la cabeza.
—La verdad.
Un asistente entró para entregarle unos documentos y vio algo que lo dejó helado: el hombre que siempre era un caballero, pero nunca tierno, ahora tenía una mirada suave en sus ojos.
Qué miedo.
Era como para no creerlo.
Una vez que el asistente salió, Eleonor comenzó a comer el pastel y dijo con una sonrisa:
—Me encanta el mango cuando es fruta, pero cuando lo convierten en otro tipo de comida, ya no me gusta tanto.
Aunque dijo eso, se comió el pastel hasta la última cucharada.
Pasó un buen rato después de que terminó de hablar y, al no escuchar respuesta de Rufino, Eleonor levantó la vista instintivamente. Lo vio un poco distraído y preguntó por inercia:
—¿Qué pasa?
—Nada.
Rufino volvió en sí rápidamente, pero cuanto más miraba a la joven que tenía enfrente, más la veía como un reflejo de la Zoe de antes.
«¡Hermano, a mí me gusta el mango, no los dulces de mango!».
Apartó esos pensamientos confusos y le explicó:
—Mi hermana pequeña… ella tiene la misma costumbre que tú.
Eleonor sonrió.
—¿A las dos nos gusta el mango, pero no el pastel de mango?
Rufino le devolvió la pregunta:
—¿Te gustan los dulces de mango?
—No me gustan.
Eleonor respondió sin dudarlo un instante.
Si no tuviera nada que ocultar, ¿por qué andaría con tantas precauciones?
Incluso los vasos de los que bebía en casa, los limpiaba para borrar cualquier rastro de saliva.
—Tú también crees que algo anda mal con ella, ¿verdad? —insistió Rufino.
Simona no estaba de humor para rodeos y le preguntó con el ceño fruncido:
—Si no hubiera nada malo con ella, ¿me estarías llamando ahora mismo?
Y ella tampoco insistiría en hacer otra prueba.
A través del teléfono, Rufino pudo sentir su impaciencia, así que fue al grano:
—Entonces, ¿por qué no simplemente…?
—Si vamos a sacar la basura, hay que sacar a todos los que están metidos en esto.
Simona entrecerró los ojos.
—¿Qué chiste tiene solo deshacernos de ella?
La última vez tomaron la muestra delante de todos y aun así encontraron la forma de jugársela. Si forzaban otra prueba, quién sabe qué otra trampa se inventarían.
Si iban a encargarse del asunto, más valía hacerlo bien de una vez.
¡Si la familia Estrada hubiera estado limpia desde el principio, quizás a Zoe nunca la habrían secuestrado!
Rufino guardó silencio por un momento, pero no se opuso. Hizo la pregunta que era inevitable:
—Si resulta que no es ella, ¿por qué el informe de la prueba dijo que sí había parentesco?
Esa muestra que sí coincidía, ¿de dónde salió?
***

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