[¿La familia Rodríguez no te hizo la vida imposible hoy, verdad?]
Eleonor apretó los labios con incomodidad, sin ganas siquiera de levantar el celular para responder el mensaje.
Sabía perfectamente, desde aquella llamada afuera de la casa vieja, que Fabián no iba a aparecer.
Aun así, al ver el mensaje, una punzada de decepción le atravesó el pecho.
Él lo tenía claro, lo recordaba: si no venía, la familia Rodríguez le pondría las cosas difíciles.
Y aun así, no vino.
El viento nocturno arremetía, mezclado con copos de nieve que se colaban hasta lo más hondo de los pulmones.
Respirar se sentía como tragar agujas.
Intentando controlar sus pensamientos, Eleonor se agachó para recoger el celular, pero una sombra la cubrió de repente. Alguien fue más rápido que ella: recogió el celular y, de paso, la levantó en vilo.
La subió sobre su hombro sin contemplaciones.
Caminó con paso firme y rápido, alejándose del lugar.
—Iker…
La voz y el aroma eran tan conocidos que Eleonor no necesitó ni voltear para saber quién era.
—¡Bájame, Iker!
El hombre soltó una risa baja, pero su tono seguía tan cortante como siempre.
—¿Ya no me vas a decir señor Rodríguez?
…
Eleonor sintió el nudo en la garganta.
—Señor Rodríguez, ¿podría bajarme, por favor?
La voz de Iker sonó tajante como el hielo.
—¿Ya te cansaste de pedir disculpas de rodillas?
Ella ya estaba harta de eso.
Pero Susana seguro encontraría la manera de hacerle pagar el doble.
Javier salió corriendo tras ellos, visiblemente incómodo.
—Jefe, usted sí puede irse, pero la señorita Muñoz no.
—Ve y pregúntale a esa señora en casa de quién está registrada Eleonor.
Iker ni se inmutó, su paso seguía igual de decidido, imponiendo una presión difícil de ignorar.
—Si alguien más se atreve a desafiarme, te juro que el próximo en terminar en el mar, de carnada para tiburones, será Davi.
Mencionar el registro familiar le refrescó la memoria a Eleonor.
Hace años, cuando Iker la llevó a vivir con él, la registró como parte de su familia.
Unos años atrás, al casarse, Eleonor quiso cambiar su registro, pero a Iker no le interesó ayudarle, ni tiempo tuvo de buscar los papeles.
Y como tampoco era alguien de carácter fácil, después de un par de discusiones, el asunto quedó en el olvido.
Él nunca volvió a mencionarlo, y ella casi había olvidado que seguían “vinculados” oficialmente.
Javier regresó a la casa y repitió el mensaje tal cual.
El viento y la nieve arreciaban.
Iker seguía caminando con Eleonor al hombro, mientras César lo acompañaba sosteniendo un enorme paraguas negro. A pesar de eso, el hombro de Iker ya se había empapado de nieve, aunque ni un copo había tocado a Eleonor.
El chofer, al verlos salir, se apresuró a abrir la puerta del carro.
—Señor, señorita.
El mundo le dio vueltas a Eleonor al ser depositada en el suelo.
Se sintió como si hubiera bebido demasiado.
Ya de pie, se acomodó el cabello y saludó con voz queda.
—Iker.
Él frunció el ceño y le lanzó una mirada cortante.
—Súbete ya.
—Puedo pedir un taxi…
No alcanzó a terminar la frase.
Un Maybach de edición limitada se detuvo junto a ellos, tan silencioso como imponente.
Fabián salió, abrió su propio paraguas y caminó hacia Eleonor con paso tranquilo. Se detuvo frente a Iker, asintió con la cabeza y luego miró a Eleonor.
Con su tono tan natural, como si nada pasara, dijo:
—Ellie, vine por ti. Vamos a casa.

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