Eleonor era joven, de carácter tranquilo y muy dedicada a sus pacientes.
Durante estos años, no faltaron pacientes que quisieron presentarle pretendientes; al final, para evitar esas situaciones, no se quitaba el anillo de matrimonio ni un momento, y solo así los señores y señoras dejaron de insistir.
Eleonor todavía recordaba a esa abuelita que se desvivía por el matrimonio de su nieto.
No pudo evitar sonreír, aunque también sentía algo de resignación.
—Señora Rodríguez, yo… en realidad estoy por divorciarme…
—¡Divórciate! —La voz de Susana sonó fuerte y clara, con una seriedad que no admitía réplicas—. Ya lo escuché en la llamada de hace rato, aunque no fue a propósito, perdón.
—Pero te digo una cosa, mi niña: un hombre infiel es lo peor que puedes tener a tu lado. Si no te divorcias, te va a ir muy mal, te lo aseguro.
—Sí, lo sé.
Eleonor sentía una calidez especial en esas manos arrugadas que la sostenían, como si le recordaran algo de su propia infancia.
Su voz salió suave, casi susurrando.
—De verdad que lo sé, ya estoy en trámites de divorcio.
Para cambiar de tema, tomó la muñeca de Susana y la examinó con profesionalismo.
—¿Se ha sentido mejor estos días? ¿Ha estado más tranquila?
—Mucho mejor, mucho mejor. El medicamento que me diste funciona de maravilla.
Susana agitó la mano, pero enseguida regresó al tema anterior.
—Mira, te lo digo de corazón: eres joven, divorciada o no, no tienes nada que temer.
Eleonor soltó una risa divertida.
—¿A poco quiere presentarme a su nieto?
Susana la miró con seriedad.
—¿Y cómo supiste?
—Abuelita, yo ya me voy a divorciar, ¿está segura de que eso le conviene a su nieto? —bromeó Eleonor.
—Si te soy sincera, claro que sí. Ya lo pensé bien, no tiene nada de malo.
La señora la miraba como si no le encontrara ni un defecto, y con el rostro serio añadió:
—Además, el divorcio no fue culpa tuya. ¿Qué tiene de malo que estés divorciada?
—Mi nieto es medio callado, bien reservado, capaz ni te llega a los talones.
Eleonor no pudo evitar soltar una carcajada.
—¿Hoy necesita que le recete algo más?
—Sí, por favor, pero solo para tres días. Paso en tres días a que me revises de nuevo.
—En esos círculos de gente con lana, si no tienes dinero ni entras —comentó Florencia, entre divertida y resignada.
Eleonor asintió.
—La verdad, ni sé cuánto me va a durar el dinero que tengo.
Pero tampoco le preocupaba demasiado.
Renata seguramente ya estaba haciendo todo lo posible para encontrar una nueva señora Valdés.
Cuando encuentren a la indicada, dejarán de invitarla a esas reuniones incómodas. Mucho mejor así.
...
La fiesta de cumpleaños de Octavio era en el Club Cumbre Dorada.
La sala privada estaba llena; al entrar, Eleonor reconoció a casi todos, aunque no eran precisamente sus amigos.
Eran conocidos de Fabián, y también de Iker.
De todos ellos, solo Octavio la trataba bien. Los demás… si algún día terminaba mal con Fabián, seguro ni la saludarían en la calle.
—¡Vaya, qué milagro que traes a tu amiga! —exclamó Octavio, siempre amable, dándole la bienvenida a Florencia—. Siéntanse como en casa, disfruten.
—Gracias —respondió Eleonor, sonriendo—. Justo hoy descansó y aprovechamos para venir juntas.
El lugar estaba algo lleno, así que Eleonor jaló a Florencia y entraron a una sala más pequeña para estar tranquilas.

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