Su forma de pensar no sorprendió a Iker en lo más mínimo.
Iker asintió con aire enigmático y, siguiéndole la corriente, preguntó:
—Entonces, ¿qué dices de mí con Eleonor?
—¿Tú qué crees? —Benicio soltó un suspiro de alivio al ver que no planeaba casarse con Amelia. Mientras comía las empanadas, lo miró de reojo—. Tú mismo la criaste, ¿quién se atrevería a decir que no eres digno de ella?
El día que hicieran pública su relación, lo más probable era que la mayoría dijera que Eleonor no era digna de Iker.
Después de todo, la gente solo se fija en el estatus social.
Nadie se pondría a pensar que, en los momentos más solitarios de Iker, fue Ellie quien estuvo a su lado sin abandonarlo.
Al oírlo, Iker enarcó las cejas con satisfacción.
—¿De verdad?
—¿Alguien dijo algo? —preguntó Benicio, frunciendo el ceño, con una expresión de estar dispuesto a todo por su amigo.
—Por ahora, nadie.
—De acuerdo.
Benicio sabía que para Iker y Eleonor no había sido fácil llegar hasta donde estaban. En agradecimiento por las empanadas que le había preparado, se golpeó el pecho y dijo:
—Mientras yo esté aquí, nadie se atreverá a decir nada. Tú dedícate a ser un asaltacunas en paz.
De lo contrario, no le importaría darle una lección a quien se atreviera a abrir la boca.
¿Acaso no entendían que en el amor de dos no se mete nadie?
Iker asintió, complacido.
—Con eso me dejas más tranquilo.
Luego, cambió de tema y volvió a lo importante:
—Aún no me has dicho cómo era ese colgante de la paz.
Con el estómago lleno de empanadas calientes, Benicio bajó la guardia por completo. Tomó su celular y comenzó a buscar una foto.
—Creo que ya te la había enseñado antes.
Iker tenía un vago recuerdo de ello.
—Sí, por eso quería volver a verla.
—Aquí está.
Benicio encontró una foto del segundo cumpleaños de Zoe Estrada.
En ese entonces, la calefacción estaba encendida en el interior, y la niña llevaba solo un hermoso vestido de princesa. Su familia la sostenía en brazos, rodeándola como si fuera el centro del universo, y el colgante de la paz colgaba de su cuello.
En su carita de porcelana, sus ojos brillaban como dos uvas negras, grandes y luminosos. Su pequeña nariz era respingada y su barbilla estaba ligeramente levantada, dándole el aire de toda una princesita orgullosa.
Iker tomó el celular y, en el instante en que su mirada se posó en la pantalla, se quedó paralizado, lleno de asombro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Marido Prestado