—Estoy bien.
Comparado con los empleados de la familia Rodríguez, la verdad es que la fuerza de ella ni se acercaba.
Después de tantos años, ya tenía la piel curtida y aguantaba mejor el dolor que la mayoría.
Aun así, Florencia seguía preocupada.
—En serio, hay que ir después a la farmacia a comprar algo para que te pongas. Además, tampoco es que no pudieras esquivarle la cachetada. ¿Por qué dejar que te pegue...?
—Si me pegaba, el efecto era mucho mejor.
La voz de Eleonor sonó suave, casi como si no tuviera importancia.
Florencia, por primera vez en mucho tiempo, se quedó sin palabras.
Ella siempre pensó que conocía a Eleonor a fondo, pero hoy, después de todo esto, una sensación extraña se le revolvía por dentro.
Sabía perfectamente cómo era Eleonor en el fondo: pura, buena, fuerte.
Eleonor siempre había sido como ese pequeño sol que brillaba para todos, mostrándose positiva y con ganas de salir adelante.
Al notar su silencio, Eleonor apretó la palma de su mano.
—¿Tú... crees que soy demasiado calculadora?
—¿Eres tonta o qué?
Florencia no pudo evitar soltarle una mirada y, sin querer, las lágrimas se le escaparon por la comisura del ojo. Las limpió de inmediato y luego le revolvió el cabello con fuerza.
—¡Ay, no seas ridícula! La que está preocupada aquí soy yo, ¿sí?
Ni siquiera podía imaginar por todo lo que había pasado Eleonor para llegar a este punto de andar calculando cada movimiento y cuidándose de la gente.
Antes, por los problemas en su propia familia, era Eleonor quien siempre estaba al pendiente de ella.
Pero, en realidad...
Era Eleonor la que la tenía más difícil.
Eleonor sintió cómo algo en su pecho se aflojaba y sonrió.
—¿Qué te preocupas por mí? Todo eso ya quedó atrás.
Ahora, su vida era mil veces mejor que antes.
—¿Qué quieres comer? Yo invito.
—Mmm...
Florencia se lo pensó un poco y luego la abrazó del brazo.
—¿Y si vamos al súper y preparamos queso fundido en casa? ¿Te late?
—¡Va! Me parece perfecto.
Ese invierno, el frío era más intenso que nunca.
Y no había nada mejor que un buen queso fundido para calentarse.
...
Cuando el carro blanco salió del estacionamiento, justo entraba un Bentley negro, reluciente, por la entrada.
Ambos carros casi se rozaron al cruzarse.
Octavio lo atrapó al vuelo y arqueó una ceja.
—Gracias, Ike.
Iker, sin mucho ánimo, se sentó en la esquina más apartada. Sus ojos se detuvieron en Fabián y Virginia, mientras una sonrisa torcida se dibujaba en sus labios.
—¿Y la de tu casa no vino?
Pum.
Una sola frase y el veneno se coló en la sala.
La atmósfera, que apenas habían logrado maquillar, se volvió a tensar, poniéndole los nervios de punta a más de uno.
Sobre todo a quienes antes no paraban de hablar y ahora se preguntaban si era buen momento para salir corriendo.
Virginia sintió un tirón en la esquina de su boca.
¿Eso qué significaba?
¿Que Eleonor era “la de la casa” y ella qué? ¿La otra, la que mantenían oculta?
¿A la que se tiene apartada, como un secreto, como la que nadie debe conocer?
Pero Iker no se rebajaría a humillar a una mujer. Esa indirecta estaba dirigida contra Fabián.
Fabián, en cambio, ni se inmutó.
—Ellie tenía algo que hacer. Se fue antes.
—¿Ah, sí? ¿Entonces sí vino? —contestó Iker, fingiendo desinterés.

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