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Mi Marido Prestado romance Capítulo 637

Yolanda siguió ignorando a su esposo y le preguntó a Simona:

—Entonces, ¿qué sugieres que hagamos?

—Primero... ¿simplemente vamos a visitarla? —propuso Simona, sabiendo que su madre no podía dejar de pensar en Eleonor—. Cuando se recupere y el bebé esté completamente estable, buscaremos el momento adecuado para decirle la verdad, ¿te parece?

Anoche, al recordar el rostro pálido de Eleonor, Simona casi no pudo dormir del miedo a que ocurriera algo malo. Afortunadamente, al preguntar a Iker esa mañana, supo que la situación era favorable.

Pero no se atrevía a llegar y soltar la bomba de que eran hermanas de sangre. Para la familia Estrada, encontrar a Zoe era una bendición enorme. Incluso el abuelo Leopoldo y la abuela Violeta, que habían viajado toda la noche desde Aguamar, estaban tan emocionados que querían ir directamente a la casa de los Rodríguez a reconocerla.

Pero, ¿qué significaba esto para Eleonor?

Ella sola había superado los días más difíciles. Ahora tenía una vida feliz y una carrera exitosa. No había necesitado a la familia Estrada para salir adelante, así que lo menos que podían hacer ahora era no causarle más problemas o estrés innecesario.

Conociendo su carácter, si Eleonor se enteraba de que la discapacidad de Yolanda durante todos estos años fue por su culpa, seguramente se sentiría culpable. Una emoción tan fuerte en poco tiempo podría afectar al bebé.

Yolanda, por supuesto, también priorizaba la salud de Eleonor.

—Está bien. Manda a preparar cosas que le gusten a Zoe y regalos. Y no olviden el regalo para la abuela de Iker —dijo Yolanda. Aunque todavía no la reconocieran oficialmente, era la primera vez que visitaban a su hija menor sabiendo la verdad, y querían hacerlo bien.

—Descuida, ya está todo listo —aseguró Simona.

***

En la clínica, Nil Jiménez, al enterarse de lo sucedido con Eleonor, le dio vacaciones indefinidas para que se concentrara en su embarazo. Después de desayunar, Eleonor se acomodó en el patio trasero para tomar el sol.

Max estaba echado a sus pies, moviendo la cola perezosamente de vez en cuando.

Iker salió con un plato de fruta y se detuvo un instante al ver la escena. Tal vez fue porque, aunque no era la primera vez que veía esto, había pasado mucho tiempo, lo que le provocó cierta nostalgia.

En el pasado, a la niña también le gustaba tomar el sol, y a Max le encantaba estar a su lado. La única diferencia era que antes compartían una tumbona, mitad niña, mitad perro. Ahora, con su embarazo y el tamaño de Max, ya no cabían en la misma silla. Pero el sol era el mismo. Y ellos tampoco habían cambiado.

Iker volvió a la realidad, miró el plato con mangos —la fruta favorita de ella desde hacía diez años— y una sonrisa suave se dibujó en sus labios.

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